viernes, 19 de noviembre de 2010

19-11-2010 OTRA VEZ EN COLOMBIA. DE BOGOTA AL CARIBE.

Ayer fue un día trepidante. Después de recogerme en el aeropuerto José me llevó a su oficina. Es un edificio nuevo a donde se han trasladado hace escasas semanas. Todo es amplio y luminoso. Todas las salas están todavía sin decorar del todo dando la sensación de ser demasiado grandes para la poca gente que las ocupa. El aspecto es muy moderno, funcional y diáfano. Los despachos están cerrados con paredes de cristal aumentando aún más el efecto de amplitud. José me presenta a sus más directos colaboradores. Su socio está ausente pero sí saludamos a su hijo que también tiene un cargo en la empresa. Enseguida salimos pues Leticia nos espera para comer. Luego me paso toda la tarde buscando por Internet un hotel en Bogotá. Tardo un par de horas en encontrar uno. A continuación preparo las maletas. Cuando estoy listo ya ha anochecido. Entonces José y Leticia me llevan a dar una vuelta en coche por las calles de Guayaquil para que yo pueda ver la ciudad de noche. Hay edificios y zonas de la ciudad muy bien iluminadas, y me quedo asombrado al ir conociendo en cuantas de esas iluminaciones las ha realizado la empresa de José.



Esta mañana José y yo nos hemos levantado a las 3:30 de la madrugada porque el avión salía a las 6:20. A pesar de ello ayer estuvimos hablando hasta más tarde de medianoche; no encontrábamos el momento de la despedida. Vamos al aeropuerto medio dormidos, ¡menos mal que está muy cerca! Nos despedimos con un tremendo abrazo. Facturo el equipaje sin problemas a pesar de que el vuelo es a Bogotá y Cali y yo me quedo definitivamente en Bogotá. El vuelo estupendo. Al salir del aeropuerto cojo un taxi que me deja en el hotel Fontibon. ¡Dios santo, está lejísimos del centro! En fin, estoy tan cansado que me instalo sin pensarlo dos veces para darme una ducha lo antes posible. El hotel es entre mediocre y regular, pero enseguida salgo al centro para buscar uno allí mismo.



Tomo una buseta que va hacia el centro. Está llena a tope, voy de pié. Cuando pregunto si está muy lejos el centro me dicen que no me preocupe, que dentro de media hora vuelva a preguntar. Mis asesores se van yendo y por fin me puedo sentar. El tráfico en Bogotá es caótico, intenso, terrible. No puedo imaginarme lo duro que ha de ser hacer un trayecto como el que yo hago ahora, todos los días; además de cansado físicamente es desesperante. Y es que Bogotá es una inmensa ciudad de ocho millones de habitantes y a una altura de casi 2600, que también afecta lo suyo. Con la ayuda de una simpática joven consigo por fin bajar de la buseta en el sitio idóneo para llegar caminando al centro histórico de Bogotá: en el cruce de la carrera 19 con la calle séptima, camino cinco cuadras (manzanas) hacia el cruce de la 15 con 7ª, algo así como el mogollón del centro.



Justamente he comenzado a caminar por Bogotá en una de sus calles más populares, vitales y transitadas. Ríos de gente transitando con dificultades por unas aceras muy menguadas por la estática presencia de infinidad de vendedores ambulantes. De vez en cuando te encuentras espectáculos tan sorprendentes como esta mimo. Me impresionó con que dignidad actuaba esta mujer y con que sorpresa y respeto la miraba la gente.











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Por la 15 circula el Transmilenium, un sistema de transporte a base de autobuses articulados parecido al Megabús de Pereira pero con notables diferencias. Ahora ya estoy perfectamente ubicado gracias al plano de la Lonely Planet, y me dirijo a la parte vieja siguiendo la 15 en dirección al cerro de Monserrate que ya lo tengo en frente mío. Voy a la zona donde están situados todos los hoteles recomendados por la guía y en los que ayer no encontré ninguna plaza para hoy. Llego a los hoteles y voy preguntando uno tras otro sin encontrar habitación que me guste. Por fin encuentro uno con una habitación con tele y wifi pero con baño compartido con otra habitación. La reservo y voy a comer a un alegre bar justo al lado del hotel. Como muy bien por sólo 5500 pesos. Al salir del restaurante comienza a llover con fuerza.



Abajo una imagen con el contraste de la vieja calle del hotel y al fondo, muy cerca, de los rascacielos.











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En vista de que no cesa la lluvia decido visitar el famoso Museo del Oro. Está en un edificio moderno muy bien acondicionado por dentro. Al preguntar cuanto cuesta el ticket me preguntan si soy mayor de 60 años. ¡Parece que salta a la vista que sí lo soy! Me enfado un poco pero enseguida se me pasa porque los mayores de 60 no pagan entrada. Hago una visita detenida al museo –no tenía prisa por volver a la calle- recorriendo todas las salas dos veces. Es interesante pero me esperaba algo más impactante; me ha decepcionado un poco.

















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A continuación fui al museo de las esmeraldas, al otro lado del Parque de Santander (uno de los héroes de la independencia) justo enfrente del Museo del Oro. Está en el piso 23 del edificio Avianca, Líneas Aéreas de Colombia. Esta visita me pareció más interesante que la anterior. Después de que el visitante se coloca un casco de minero, al entrar en el museo lo hace aparentemente en la galería de una mina perfectamente ambientada. Las paredes de la galería están formadas por trozos auténticos de pared de una mina traídas con esmeraldas reales todavía incrustadas. Luego se pasa a una serie de salas donde hay muestras magníficas de esmeraldas de distintos tonos verde y, consecuentemente, de distintas purezas y valores. Cuanto más claro y transparente el verde de la piedra más valor tiene. Hay piedras maravillosas con perfectos cristales hexagonales y esmeraldas ya talladas con gran cantidad de facetas. Verdaderas maravillas. Los guías dan todo tipo de información técnica sobre cómo se forman las piedras en la naturaleza, como se conjugan su diversas características para alcanzar los valores más altos de las piedras, y también cómo se tallan. Me gustó mucho, la pena es que no dejaron hacer fotografías a las joyas, pero sí me permitieron hacer varias fotos de la ciudad desde esa estupenda atalaya que era aquel piso 23.











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El viaje de regreso al hotel resulta épico entre el tráfico terrible de Bogotá y la lluvia implacable. El trayecto va de la calle 7ª a la 97. ¡Interminable! Y yo cada vez peor con mi resfriado. Por fin llego al hotel después de comer un poco en un local próximo. Me tomo dos aspirinas y me acuesto muy destemplado. Amanezco… ya se me ha pegado la expresión, me despierto algo aliviado pero no mucho. Recompongo las maletas y después de desayunar en el hotel salgo en taxi hacia mi nuevo hotel: Albergue La Candelaria, en el mismo centro de Bogotá.



Cuando llego dejo los trastos y salgo a recorrer la ciudad. El tiempo es muy malo, no deja de llover intermitentemente aumentando mi malestar. En una cafetería, al pedir algo caliente para ponerme en calor me sorprenden ofreciéndome un carajillo. Acepto encantado y me sienta de maravilla. Salgo a caminar para terminar de recorrer la carrera séptima hasta llegar al Parque Bolivar, una gran plaza donde está la Catedral, el Parlamento, el Palacio de Justicia y el Centro Histórico. En estas fechas se ha instalado una pista de hielo que no permite hacer una buena panorámica del conjunto de la plaza. Hago muchas fotos pero no salen bien por falta de luz.

















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Un poco decepcionado por las fotos, cruzo el parque hasta una esquina donde comienza la calle Divorcio y sigo por ella encontrándome con un ambiente muy pintoresco lleno de vendedores de… de todo, y mucha gente, supongo por ser hoy sábado.



































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Creo que las imágenes hablan por sí solas. Esto es un verdadero espectáculo… y gratis. A veces te encuentras con un hombre tirado en el suelo mientras la gente pasa indiferente por al lado. Esto es algo común en Colombia, especialmente en las zonas más cálidas. Los indigentes duermen a cualquier hora del día y en cualquier parte… y nadie les molesta.























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Cuando llego al final de la calle divorcio sigo por a la izquierda y me encuentro con una gran plaza donde el muestrario de curiosidades ya es inabarcable. Hago unas cuantas fotos más y vuelvo al Parque Bolivar para tratar de hacer alguna foto mejor ahora que hay un poco más de luz. Por el camino veo un pequeño restaurante que me inspira confianza y como ya el estómago ya me hace palmas de tango, entro a comer. Al salir hago unas fotos, y como me encuentro cada vez peor y con frío, decido volver al hotel.

















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Está visto que el tiempo no mejora pero no puedo evitar la tentación de seguir disparando la cámara. Ya recorriendo la 7ª me encuentro con el show de un contorsionista buenísimo.











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Cada vez me encuentro peor. Ceno un poco en restaurante de comida rápida colombiana y me voy directo a dormir después de tomar otro par de aspirinas. Paso una noche muy mala tosiendo y sudando sin parar. Comienzo a pensar en suspender el viaje y volver a Cali para recuperarme en casa de Eduardo. Padezco sinusitis crónica y cuando llego a esta situación de resfriado, habitualmente me da un brote de sinusitis y ya no me curo si no es a base de antibióticos y procurando no salir de casa.



21-11-2010, domingo. SUBIDA A MONSERRATE



El día ha amanecido soleado y yo también he amanecido algo mejor, ¡hasta yo me he sorprendido! Desayuno y enseguida me dispongo a cubrir uno de mis objetivos para Bogotá: subir a Monserrate, una montaña de verticales laderas a cuyos pies está la parte vieja de la ciudad… y mi hotel. Monserrate es el orgulloso símbolo de Bogotá y punto de referencia orientativo desde cualquier punto de la ciudad, y desde muy lejos en toda la región. Tiene una altitud de 3.142 m. y está coronado por una bonita iglesia blanca. La cima brinda unas vistas espectaculares de la mayor parte de la capital, aunque no toda. La iglesia es un importante lugar de peregrinaje debido a la imagen supuestamente milagrosa del altar mayor: el Señor Caído, que data de 1650. La iglesia actual ocupa el lugar de la capilla original destruida por un terremoto en 1917.



Para un catalán como yo Monserrate, por su nombre, evoca rápidamente a Montserrat, la virgen patrona de Catalunya, España. Otros catalanes que han pasado por aquí han dedicado uno de las capillas laterales de la iglesia a la Virgen de Montserrat, dejando aquí una imagen de la virgen moreneta y una senyera o bandera catalana. Antes de venir aquí investigué en Internet la relación entre Montserrat y Monserrate y, para sorpresa mía, conocí la existencia de un santuario Monserrate en Orihuela, Alicante, España. El mismo cura que aparece en las fotos siguientes me confirmó que la devoción del Monserrate bogotano proviene de Orihuela.



Voy caminando hacia la estación de los dos medios de transporte que existen para subir a Monserrate: funicular y teleférico. Cuando llego, otra sorpresa agradable: por ser domingo, día de peregrinación para los bogotanos, el viaje de ida y vuelta sólo cuesta 8.000 pesos en lugar de los 14.000 de los días laborables. Con el mismo ticket puedes utilizar un servicio u otro tanto, para subir como para bajar; yo opto por subir en funicular y bajar en el aéreo o teleférico.





























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Tanto la subida en funicular como la bajada en teleférico son muy agradables gracias a unas instalaciones perfectas. En ninguno de los dos transportes disfrutas de las vistas si no estás en primera fila en el sentido de la marcha. Lo más destacable es la sensación de vértigo que los más sensibles puedan tener. Una vez en la cima, lo que se contempla desde los miradores es realmente impresionante, nada que una fotografía pueda exponer dignamente, se tiene que estar allí. ¡Qué inmensa ciudad! ¡Qué privilegio tener a tus pies una ciudad de ocho millones de habitantes desde esta magnífica atalaya, y con un día más que aceptable a pesar de que las nubes no dejan de jugar a luces y sombras!



Después de hartarme de fotos me dirijo a la iglesia donde acaba de terminar una misa y el cura está echando agua bendita sobre los peregrinos. Luego les da la bendición, uno a uno, posando su mano izquierda sobre la cabeza de los fieles y haciendo la señal de la cruz con la derecha. Hay una gran devoción y emoción, tanto que algunos parece que estén en trance, como alelados.























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Cuando entré en la iglesia yo no sabía de la existencia allí de una capilla dedicada a la virgen de Montserrat. Desde que accedí al interior mi atención se concentró en el altar mayor y la nave principal de la iglesia. Pido disculpas a todos los catalanes que les hubiera gustado ver la imagen de la moreneta en una de mis fotos. Lo siento, no me di cuenta de ese detalle.



Al mirar desde lo alto de Monserrate vi a lo lejos una bonita iglesia en un estilo parecido al gótico, pintada en franjas horizontales rojas y blancas. No estaba lejos del Parque Bolivar. Tomé un par de referencias y decidí ir a visitarla después de bajar al centro.























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La iglesia es preciosa, lástima que en torno suyo no hay espacio suficiente para, con la cámara, abarcarla al completo. A su alrededor las calles son estrechas y no hay más opción que fotografiarla a trozos. Es una iglesia dedicada a San Juan Bosco. Después de ver la iglesia me dedico a dar otro paseo por el Parque Bolivar que hoy se ve espléndido con este maravilloso día de repente caluroso. Parece que me encuentro algo mejor pero no me fío. Igual que gran cantidad de bogotanos me dedico a pasear por la 7ª cerrada la tráfico. ¡Qué gusto da pisar la misma calzada que mañana apenas sentirá la caricia de sol siempre cubierta por miles de coches! La gente parece gozar de una dulce venganza ocupando a sus anchas todo el espacio que cualquier otro día es de lo más hostil.









































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¡Qué día tan hermoso! Hasta yo estoy emocionado después de tantos días de lluvia. ¡Y que ameno es pasear por Bogotá mirando y asombrándote a cada paso. ¿Dónde habíais visto un karaoke en plena calle? ¿Y una figura, como esta moto, hecha de alambre por un artesano que está haciendo otra maravilla ahí mismo, sin trampa y de memoria, sin croquis, sin nada especial para ayudarse, solo alambre, alicates, suelo duro, sol y espectadores.





22-11-2010 VISITA A LA CATEDRAL DE SAL DE ZIPAQUIRÁ



Esta es una de las visitas en Colombia que más me han recomendado, y en distintos lugares. El último en recomendármelo ha sido el propietario del albergue de Bogotá. Para llegar a Zipaquirá, la ciudad donde se encuentran las minas de sal de cloruro sódico donde se encuentra la catedral, he de atravesar toda Bogotá en el Transmilenium hasta llegar al denominado Portal Norte. Allí tomo una buseta que en unos cuarenta minutos me deja en una calle de Zipaquirá que conduce, cuesta arriba, a la entrada del complejo cultural recreativo que han montado muy bien allí. Después de veinte minutos de caminata con mucho sol, llego a la entrada turística.



Antes de la llegada de los españoles Zipaquirá era una ciudad muy rica; no tenía oro pero tenía algo muy valioso para la vida misma: la sal. El oro venía solo a esta ciudad sin tener que escavar por él. Venían desde muy lejos para comprar la sal. Cerca de la catedral todavía se sigue extrayendo más del 40% de la sal de Colombia.



Tiempo atrás, cuando las condiciones del trabajo en la mina eran mucho más peligrosas que ahora, los trabajadores temían tanto por su vida que iban construyendo altares para rezar con frecuencia. Más tarde se construyó una catedral escavando la sal hasta lograr el volumen suficiente. Se inauguró en 1954 pero se cerró en 1992 por motivos de seguridad. Antes de cerrar la catedral se había comenzado a construir una segunda catedral en 1991 que se terminó en 1995. En esta última obra se sacaron un total de 250.000 toneladas de sal. El conjunto se encuentra a 190 m. de profundidad.



Se accede a la catedral por un largo túnel que luego gira y se transforma en una galería de unos cinco metros de ancho por otros tantos de alto. A lo largo de esta galería se encuentran excavadas a ambos lados una especie de capillas simulando, en cada una de ellas, las estaciones de un viacrucis. En cada capilla, en roca viva y sin ningún tipo de decoración, se encuentra siempre una cruz que cada vez aparece más hundida en el suelo, como emulando las cada vez más menguadas energías de Cristo en su pasión. Finalmente se llega directamente a lo que es el coro de la catedral. Desde allí se ve una inmensa nave de 75 m. de largo y unos 17 de alto. Es impresionante, pero más impresionante aún es la inmensa cruz de piedra que desde allí se ve colgando sobre el altar mayor, sin que pueda apreciarse como se puede sostener allí flotando, sin apoyo en el suelo. La cruz está perfectamente iluminada quedando el resto del altar mayor casi a oscuras.

















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Al lado del coro está la escalera por la que se desciende hasta el piso de la nave lateral izquierdo de la catedral. Allí se encuentra una pila bautismal muy original, escavada en la sal, naturalmente. Todos los bautismos se hacen con agua salada concentrada para no diluir la pila. Desde ese lugar se pueden admirar una columnas inmensas, de más de 3 m. de diámetro.

















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A continuación se pasa a la nave principal, justo delante del altar mayor y entonces… la gran sorpresa, no existe la imponente cruz de piedra, lo que hay es un bajo relieve iluminado con luz indirecta. La cruz es de aire pero, desde lejos nadie puede sospecharlo y yo el primero, lo reconozco.



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Impresionante, ¿verdad? Incluso estando a diez metros de la cruz sigue pareciendo sólida, de pura… sal.

















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Arriba tenemos varios detalle curiosos. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: la nave lateral derecha, el pasillo de entrada y acceso a la pila bautismal, una capilla con el Nacimiento de Jesús y una réplica de la escena central de la Capilla Sixtina.



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Y saliendo de la catedral, como una curiosidad más, nos encontramos este estanque lleno de agua salada, naturalmente, que produce un reflejo perfecto del frente y el techo. A pesar de la sensación de profundidad del estanque, ésta sólo es de 15 centímetros. Impresionante, como todo lo que he visto en esta inolvidable visita a la Catedral de la Sal de Zipaquirá.



Cuando salgo de la mina me dirijo al centro de la ciudad para ver la catedral “de verdad” que, según dice la guía Lonely Planet, es muy original. Pronto llego a la plaza principal que debe ser el Parque Bolivar. No lo sé, sólo lo supongo. La catedral y una palmera que tiene la primera delante de sus narices presiden la plaza que es realmente bonita y amplia, y con mucho sabor español. Hago muchas fotos de casi todos los edificios de la plaza, me gustan.























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Luego entro en la catedral que es realmente rara, con una sobriedad y sencillez destacable pero con unos detalles muy exclusivos como los capiteles dorados de sus recias y sencillas columnas y las columnas hechas a base de retales de piedras diferentes.























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Y con esto y un bizcocho… hasta mañana a las ocho. Vuelvo a Bogotá deshaciendo lo recorrido por la mañana. Durante todo el tramo último en el Transmilenium voy charlando con una joven muy simpática con lo que el viaje se me hace mucho más corto. Al llegar a la 7ª está cayendo un aguacero tremendo. La gente no se atreve a salir de la estación del autobús –son todas cubiertas, auténticos edificios de cristal en el centro de la calle- y nos vamos acumulando más y más. Cuando más agobiados estábamos de apretados y calor afortunadamente la lluvia aflojó un poco y la gente comenzó a salir; yo me esperé hasta que paró del todo.



El Transmilenium de Bogotá funciona diferente del Megabus de Pereira. A parte de la gran diferencia en tamaño de las dos ciudades, Bogotá es muy alargada y todo el tráfico suele ser longitudinal siguiendo la forma de la misma ciudad. El Megabus tiene un carril exclusivo para el sólo separado del resto de los carriles por un bordillo, y no se puede salir de él. Para el Transmileniun no existe ese bordillo aunque el primer carril sigue siendo exclusivo para él. En esas condiciones una unidad puede salir de su primer carril para adelantar y, si procede, seguir corriendo por el segundo. Esto permite que el Transmilenium tenga muchas líneas o servicios diferentes. Hay unos que paran en todas las paradas, otras paran cada 5 o 10 paradas y, estos últimos mientras no han de parar adelantan a otras unidades. Así, por ejemplo, uno puede ir hasta la calle 70 directo desde la 20, en esa 70 trasbordar a otro que vaya parada a parada para llegar a la 73 que era su destino final. ¡Muy bueno, eficiente y rápido!



Como era pronto para retirarme al hotel comienzo a recorrer por enésima vez la 7ª hasta el Parque Bolivar y desde allí vuelvo a bajar la calle Divorcio; este se ha convertido en mi recorrido favorito en Bogotá porque es: seguro, bonito y animado, muy animado. Cuando ya decido volver al hotel pienso que he de comer algo. Hoy me decido por hacerlo en la calle, comprando en puestos ambulantes una rica mazorca asada y luego una arepa rellena de carne. Todo estaba estupendo. Ahora ya puedo irme a dormir sin miedo a morirme de hambre mientras duermo. Y esta ha sido mi despedida de Bogotá; mañana viaje a Villa de Leyva

























Aprovechando que tengo Internet Wifi en la habitación me pongo a escribir en este blog durante horas. Cuando me doy cuenta de que tengo hambre resulta que son las nueve. Ya tenía un pie en la calle cuando el joven vigilante del hotel me dice con autoridad que no salga

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