Ayer domingo, a última hora de la tarde, José me acercó a la terminal de autobuses de Guayaquil para comprar un billete hasta Quito para hoy a las 9:00. Yo quería asegurarme una plaza con ventanilla y no tener problemas de colas esta mañana.
De nuevo me ha traído José a la terminal y ya estoy acomodado en mi butaca. El autobús es bastante viejo, uno de los peores de la compañía según la señora de mi lado, pero no está mal del todo. Pasa el tiempo y no arranca el autobús, parece que lo hagan ex proceso para ver si se completa el pasaje. Suben tres o cuatro pasajeros más y por fin se pone en marcha.
El paisaje me defrauda. Es algo árido, poco verde, y se advierte mucha pobreza en los pueblos y las casas rurales existentes entre los centros urbanos. Durante muchísimos kilómetros la carretera discurre como sobre un ancho muro, muy por encima del nivel de los campos a ambos lados de ella. No sé si es normal pero actualmente la mayoría de los campos están anegados. Las casas son verdaderos palafitos situados cerca de la carretera, con el piso de las casas casi a la misma altura que la carretera. Para llegar a las casas, en cada una de ellas hay una pasarela aérea que va desde la carretera a la casa, a más de cinco metros de altura sobre el agua que lo inunda todo. ¡Ha de ser durísimo vivir en estas condiciones!
No hay nada más que destacar durante más de los dos tercios primeros del viaje. Casi al final de la llanura hacemos una única parada y no dan veinte minutos para comer. Bajo rápido al restaurante y engullo casi sin masticar la comida que elijo en un bufet no muy generoso. Salgo al aparcamiento y la gente sigue comiendo tranquilamente sentados aquí y allá. Después de tanto correr todavía esperaré quince minutos más. Aprovecho para tomar unas fotos.
Al poco rato de la parada comienza la subida a la cordillera, subida larguísima que nos llevará hasta Quito a 2850 m. de altura. El paisaje se transforma para volverse típicamente andino pero el cielo está muy nublado. No tarda mucho en llover con intensidad… inútil intentar fotografiar algo bien con tan poca luz, lluvia y la velocidad de autobús. Ha sido un fracaso venir en autobús para disfrutar del paisaje.
Al parar en una gasolinera veo algo sorprendente en un restaurante algo apartado: el cuerpo entero de un cerdo, sentado sobre los cuartos traseros y la columna vertebral en posición vertical. La columna vertebral aparece tal cual, casi desnuda, y es lo único que queda del animal hasta que se llega a la cabeza a la que sólo le falta una oreja. ¡Algo macabro para el que no está acostumbrado a verlo!
El viaje se pone cada vez más feo. Ahora se ha formado una niebla cerrada con la que no se ve nada…¡resignación! Afortunadamente nos ponen otra película de vídeo y con ella pasa una hora más como mínimo.
Por fin llegamos a la terminal de Quito a las siete de la tarde, casi doce horas después de nuestra salida de Guayaquil. Recojo el equipaje y salgo a la calle porque no hay ningún taxi en la parada por culpa de la lluvia que sigue cayendo con muchas ganas. Ya me estoy empapando cuando se detiene un coche frente a mí que resulta ser un taxi pirata. Contra todas las recomendaciones que me han dado, negocio el precio hasta el centro y lo tomo. Le digo al conductor la dirección del hotel a donde me dirijo, “Quito Cultural”, pero no la conoce. Arranca y comienza a pedir información por teléfono a otros colegas. Después de tres llamadas ya lo tiene claro y me deja en la puerta destartalada del hotel, en una calle del viejo Quito: Flores 4-160 y Chile. A pesar de todas las dificultades el hombre me cobra lo acordado: 3 dólares.
Sólo entrar, el aspecto interior del hotel –mejor sería llamarlo albergue- disipa cualquier recelo suscitado al ver la entrada. Resulta muy acogedor, como un albergue de montañeros. Casi todos los clientes son extranjeros. Me hacen el registro y me conducen al segundo piso por donde salimos a una galería cubierta que forma parte de un patio interior bastante bonito.
Desde que he llegado a Quito ya he recibido cuatro llamadas de José y Susy, la señora que estuvo sentada junto a mí en la boda del viernes, que vive aquí y que se ofreció a enseñarme la ciudad. Ella está especialmente preocupada porque sus amigos le recriminan por qué ha permitido que me instale en este hotel que está, según ellos, en una de las zonas más peligrosas de Quito. !Hasta a mí me han metido el miedo en el cuerpo, aunque no he visto nada raro en la calle! Claro, con lo que llovía no había nadie deambulando.
Ya comienzo a notar los efectos de la altura. Son casi las ocho de la noche. Dejo los trastos y salgo en plena lluvia hasta una farmacia que me han indicado, a menos de cien metros del hotel. Quiero comprar una medicina para el mal de altura. La encuentro cerrada. Las calles están desiertas. Pido información a una señora, sin acercarme, y me indica otra farmacia. También cerrada; desisto porque ya se me está empapando la chaqueta. Camino del hotel entro en una pizzería y me quedo a cenar. Allí pregunto si la zona es realmente insegura y se limitan a contestar con una sonrisa. Me quedo igual que antes. Salgo hacia el hotel y apenas veo dos o tres personas caminando apresuradas para dejar atrás la lluvia. Llego sin novedad. Hay una señorita muy amable en recepción que resulta ser hija de la dueña. Con ella está su novio que es de Madrid y también muy simpático. Pasamos un buen rato hablando y comentan que la zona no es tan peligrosa como dicen, lo que ocurre es que tiene mala fama porque a partir del cruce de la farmacia, en esta misma calle del hotel, es donde más prostitución hay. Me despido y me voy a deshacer la maleta y a dormir.
Me despierto con la cabeza bastante cargada por la altura pero mejor de lo que esperaba. Me doy una buena ducha y bajo a desayunar. En el comedor hay dos mujeres americanas… bastante esquivas y un señor muy grande, de más de setenta años, que luego resulta ser un geólogo polaco. El hombre habla un montón de idiomas y a la perfección, es un verdadero sabio. Hablo con él más de una hora mientras espero que llegue Susy para darme el primer paseo por Quito.
Por fin llega Susy, que ha tenido problemas con el tráfico, y comenzamos por ir a la plaza de La Libertad y allí comenzamos un rosario interminable de visitas a iglesias. Todas las iglesias son sino bonitas interesantes. Las hay que son muchísimo más recargadas que en las españolas del mismo estilo, barroco, por ejemplo. Ya no recuerdo los nombres pero sí dispongo de las fotografías que mostrarán toda la grandeza de estos edificios. El conjunto monumental de Quito es realmente bonito, con su sabor colonial tan agradable para cualquier español.
Y aquí estamos Susy y yo dispuestos a recorrer el viejo Quito, algo que, a primera vista es impresionante por lo bonito.
Todos los edificios son muy bonitos y a mí, lo que más me gusta, es cómo los arquitectos han jugado con los contrastes del blanco de la cal y lo oscuro de la piedra.
Las imágenes de esta gente tan pintoresca fueron tomadas en las calles del barrio de La Ronda, la zona más alegre de Quito, especialmente de noche. Casi todos los locales son bares musicales, restaurantes, bares de copas, karaokes, etc.
Hay plazas inmensas, tan grandes como bonitas y limpias, y siempre con alguna escena pintoresca.
¿Cómo se llama la iglesia de arriba? No lo recuerdo, pero sí recuerdo cómo me impresionó su artesonado del techo y el bonito altar mayor.
Abajo, a lo lejos, la basílica de la Merced, un réplica muy particular de Notre Dame de Paris. Las otras tres fotos corresponden a la iglesia de la Compañía de Jesús, construida con el barroco más recargado que he visto hasta ahora. Todos los trabajos de la fachada son de una perfección y belleza increíbles; fijaros bien en el sagrado corazón.
Después de ver no sé cuantas iglesias llegó la hora de comer. Susy tuvo la feliz idea de llevarme a un centro comercial ubicado en un antiguo edificio de la Plaza de la Libertad, en el corredor “Del Arzobispo” , si no me equivoco al recordar. En el patio interior del edificio se encuentra un pequeño centro comercial y un puñado de bares y restaurantes.
Arriba, más imágenes de la plaza de la Libertad tomadas después de comer. No pude retener el impulso de fotografiar el contraste del blanco con el oscuro cielo siempre amenazando con estropearnos el día. Luego tomamos un taxi y fuimos a ver la basílica de La Merced. Sólo llegar Susy se enfadó porque se había utilizado el interior de la iglesia para celebrar una convención de arquitectos. Le pareció una irreverencia y además no pudimos hacer una buena foto de la nave principal en dirección al altar mayor.
Esta iglesia me ha gustado muchísimo. Me sorprende que a finales del Siglo XX se haya podido hacer este templo gótico con tanto detalle, tanta fidelidad al estilo, y tanto costo en artesanos y artistas. Por otra parte tiene notorias particularidades como la estatua de Juan Pablo II en la primera fila de fotos, a la derecha. Lo más destacado son las originales gárgolas con forma de animales de la selva: caimanes, monos, cocodrilos, panteras, osos hormigueros, etc. Muy bonito y autóctono.
Después de una extensa visita a la iglesia fuimos tomamos un taxi para ir al mercado de artesanía, justo antes de que, por fin, comenzara a llover a tope.
El mercado de artesanía es muy grande. Afortunadamente está muy bien construido con los pasillos cubiertos con bóvedas rígidas que protegen perfectamente de la lluvia a los visitantes. Yo no compré nada porque todavía he de pasar muchos días viajando y no quiero cargar más las maletas. Aquí dimos por terminado el recorrido por Quito. Con esta foto hecha después de que el artesano, en este caso de helados, nos hiciera una demostración muy interesante de como los hace, rindo un homenaje a mi ilustre guía, Susy, que lo hizo genial, como si se dedicara a ello en lugar de a la psicología. Muchas gracias Susy, nunca lo olvidaré. ¡Buena suerte!
Luego volvimos en taxi al centro del centro antiguo, cerca del hotel, y entramos en una pastelería a tomar un café caliente pues con el frío y el agua los dos habíamos cogido frío, sobre todo yo que ya estaba destemplado desde que llegué con lluvia. Y allí nos despedimos Susy y yo, con mucha tristeza por ambas partes.
A la mañana siguiente tomé el avión de vuelta a Guayaquil a las 11:30. Al llegar me llevé dos grandes satisfacciones: José ya estaba allí esperándome, y la temperatura estaba sobre los treinta grados, justo lo que mi cuerpo necesitaba.
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