¡Qué agradable es volver a un lugar conocido y querido donde, además, te esperan muchos amigos! Pereira me gusta, me siento estupendamente aquí. Ya conozco casi todos sus rincones, lo mejor y lo peor, sin que lo segundo me afecte como para empañar el brillo de lo primero. Conozco todos sus ambientes y ya voy sólamente allí donde me gusta estar, donde tengo ubicados muchos personajes cuyas caras ya tengo grabadas para siempre en la memoria, algo parecido a lo que siento al pasear por El Prat (Barcelona) o en Las Palmas de Gran Canaria.
Cuando llego al edificio de “mi apartamento”voy directo a saludar al dueño de la pizzería de abajo. Después de recibir un afectuoso saludo de todo el personal, el dueño me entrega las llaves del apartamento que antes dejó allí Erilson. Siento una dulce emoción al subir las escaleras y, al abrir la puerta, reconozco el olor característico de su interior que, según parece quedó nítidamente grabado en mi memoria. ¡Qué reconfortante sentir algo así cuando no paras de ir de un sitio a otro!
Enseguida me doy una ducha, me visto y salgo a la calle para dar una vuelta por el centro de la ciudad, dejando todo el contenido de las maletas esparcido por la habitación. ¡Tengo un mono terrible por pasear por el Parque Bolivar y los alrededores! Camino desde mi casa hasta el centro recordando cada tienda, cada vendedor ambulante, cada rótulo publicitario. A los treinta minutos de paseo llego al Parque Bolivar. ¡Qué ambiente! Ahí siguen los jugadores de ajedrez, los vendedores de minutos, de gafas, cargadores de teléfonos, CD’s, películas, medicinas milagrosas, fregonas (aquí no se usan), pinchos, jugos, tampoco faltan los cantantes, limpiadores de zapatos, mendigos, etc. Dejo el parque para recorrer calles peatonales cercanas llenas de puestos de artesanía. Es un espectáculo que se renueva cada día. Paseo un buen rato hasta que paro para tomar una tremenda jarra de jugo de piña. Luego, otro paseo de retorno hasta Millano’s, la pizzería de abajo de casa. Después de comer una deliciosa pizza mitad hawayana mitad paisa, escalo hasta el primer piso y… a dormir.
Al día siguiente, martes 12 de octubre y Día de la Hispanidad, aquí es un día de trabajo normal. Por la mañana salgo a correr y a los veinte minutos comienzo a sentir dolor en la pantorrilla izquierda. Dejo de correr, e incluso caminar me resulta difícil. Como no quiero “correr” riesgos inútiles vuelvo poco a poco a casa mentalizándome de que será mejor no intentar correr de nuevo hasta que esté en Canarias. Al cabo de unas horas el dolor a menguado y aprovecho para ir a visitar a la familia de Nubia. Luego voy a la oficina de Fran donde me encuentro a María Rosa y Héctor, socia y empleado del primero, con quienes también hice amistad en mi viaje anterior.
El miércoles visito a Jaider, el productor musical. Después de un rato de charla para ponernos al día de lo hecho por ambos en los últimos meses – el hizo una gira por Europa como teclista de un grupo colombiano- me propone hacer unas pruebas: yo cantando y él tocando el piano. Pasamos un rato muy agradable, especialmente para mí, y me propone grabar un par de canciones por 1.500.000 COP, unos 600 €. El precio es realmente barato pues se trata de grabar toda la base musical, instrumento por instrumento, luego grabar mi voz, para terminar arreglando y “maquillando” el conjunto. Rechacé la oferta porque ¿qué hago yo con sólo dos canciones aunque queden perfectas? Eso está bien para gente que empieza pero no para mí. Para corresponder a todo el tiempo que me ha dedicado le invito a comer a nuestro lugar preferido: el Victoria, un centro comercial donde los dos últimos pisos son restaurantes y cines.
Entre mis planes está visitar Los Nevados de Ruiz, un volcán muy alto que se hizo famoso en todo el mundo tras una erupción hace más de veinte años. Al subir la temperatura de la montaña se fueron derritiendo las nieves perpetuas provocando fuertes avalanchas. En un corrimiento de lodos quedó atrapada una niña de unos doce años. El torso le quedó libre pero el resto su cuerpo, sumergido, estaba tan aprisionado por piedras de la abalancha que nadie se atrevió a sacarla pues el riesgo de que muriera en el intento era altísimo. Entonces no entendí cómo se podía dejar morir a una niña en esas condiciones y ahora, después de mucho preguntar a la gente de aquí, nadie me ha dado una razón convincente. Las imágenes de la niña hablando con gran serenidad y aplomo desde su cepo conmovieron a todo el mundo, día a día, hasta que finalmente murió. Al margen de esta desgracia, los Nevados del Ruiz son impresionantes por su altura y belleza. El mejor lugar desde donde hacer la excursión es Manizales, una interesante ciudad a una hora de bus desde Pereira. Mientras se va recuperando mi pierna decido ir a Manizales para buscar un hotel mencionado por la guía Lonely Planet, y que está concertado con una agencia de turismo especializada en los Nevados.
14-10-2010 VISITA A MANIZALES
Salgo hacia Manizales el jueves 14 de octubre para visitar el hotel, recorrer la ciudad y volver a Pereira al anochecer. Lo primero destacable, y siento repetirlo tanto, es la belleza de los paisajes de los Andes. En Colombia los Andes forman tres sierras paralelas, cercanas entre sí, que, orientadas de norte a sur, ocupan la mitad Oeste del territorio de la nación. La mitad Este está formada por llanos y selvas. En casi todos los desplazamientos por la parte occidental es preciso subir y bajar la cresta de alguna de esas cordilleras que son de una belleza extraordinaria.
Tan solo llegar a Manizales comencé a recorrer sus calles principales. La ciudad está situada sobre la misma cresta de una sierra. Esta ubicación la hace muy larga y angosta, de modo que las avenidas principales están en lo más alto, sobre la misma cresta, y las otras calles discurren paralelas a las principales, en ambas laderas, cada vez a menos altura. La terminal de autobuses está en la falda de la montaña, en lo más bajo de un valle. Desde allí se puede subir a la ciudad mediante un teleférico que aquí le llaman Cable.
Las calles de la ciudad antigua aparecen muy animadas, en especial la que ocupa la cresta de la montaña cuyo nombre no recuerdo aunque, es igual, sólo es un número. Dos fotos arriba se aprecia, por la inclinación del taxi, que no exageraba en la descripción de dónde esta situada la ciudad.
La catedral tiene una mezcla de estilos que la hacen muy rara aunque eso no le impide tener una estampa imponente. Más rara es todavía la estatua de Bolivar con forma de ángel protector y cabeza de cóndor.
Una vez recorrido el centro histórico, tomo una buseta que por la avenida de Santander me lleva, recorriendo la cresta, hasta una zona moderna llamada El Cable con muchos bancos, concesionarios y un gran centro comercial. El nombre de la zona se debe a una gran torre metálica que han dejado como monumento en recuerdo a una línea de transporte de mineral de las antiguas minas de carbón de la zona.
Me apeo y voy buscando la calle 66, la del hotel Mountain House. Paso la 62, 63, paso un puente…, la 68??? Pregunto a un señor y me dice que la 65 es la que pasa por debajo del puente, quince o veinte metros abajo. Bajo escaleras y, después de mucho preguntar encuentro el hotel. Es pequeño, como un albergue para trotamundos, pero limpio y alegre. Me informo del precio y me despido hasta que vuelva para ir a los Nevados. Otra buseta y voy hacia el centro antiguo pero rebasándolo para ir a un lugar que me han recomendado en el hotel: el mirador de Chipre desde donde se divisa toda la ciudad.
La vista desde el mirador de Chipre resulta no apta para gente con vértigo. Desde allí me apresuro a echar un buen puñado de fotos antes de que las nubes comiencen escurrir su negra carga de agua. A medida que bajo hacia la estación del cable comienza a llover a intervalos, pero todavía puedo hacer una foto de una simpática chiva llena de gente alegre… como siempre en Colombia.
20-10-2010 VISITA A CARTAGO
¡Qué felices se sentirían los cartagineses, con sus ansias imperialistas, de haber sabido que en América llegaría a haber otra Cartago! El nombre de esta ciudad, en Colombia, cerca de Pereira, es el único aliciente que me ha movido a conocerla. Hasta ahora ya conozco nuestra Cartagena (en España, para los que nos sois españoles), la original Cartago, en la actual Túnez, capital del imperio cartaginés (enemigo de la también imperial Roma), Cartagena de Indias y ahora: Cartago.
Con una buseta o colectivo se llega a Cartago en unos 45 minutos. Esta ciudad es muy extensa en relación al número de habitantes que… desconozco, quizás unos 80.000, no lo sé, lo digo porque todas las casas son bajas en la mayor parte de su extensión.
Lo más destacable del viaje es la mediana de la autovía. Durante muchos kilómetros está cubierta de un césped precioso con una sucesión de árboles preciosos de copa ancha y baja, separados unos treinta metros unos de otros.
La buseta me deja en el “lugar más próximo al centro” pero tengo que caminar más de veinte minutos para llegar. El aspecto de la ciudad es bastante más pobre y atrasado que Pereira pero todavía más auténtico, menos evolucionado. Voy paseando las calles y no para de ver cosas pintorescas no vistas todavía en Pereira. Me hizo mucha gracia un señor que vendía hamacas y llevaba una en forma de silla colgada del hombro.
Esto de arriba es un “parqueadero” de motos nada improvisado. Hay un señor que está atento a la llegada de cada motorista para enseguida cubrir el asiento de la moto para evitar que se caliente con el sol. Luego, el conductor, agradecido por no poner en riesgo sus partes íntimas, le dará una propina al celador.
Aquí en Colombia descubre uno mil y un oficios nuevos para un extranjero como yo. Lo importante es buscarse la vida, como también dicen aquí. La mayor parte de la gente, y me aventuraría a decir que más del 80% de la población, pasa muchas dificultades para acceder a lo básico: comida, techo y salud. Muy poca gente tiene trabajo estable y dignamente retribuido. El resto sale a la calle a vender comidas hechas en casa, jugos de fruta, arepas, pizzas, a mendigar o… lo que sea.
A mi, por otra parte, me asombra la comprensión de colombiano que da unas monedas al que se anticipa a pedir un taxi cuando ve que vas a hacerlo, al que viene corriendo a ayudarte a aparcar, al que te ayuda a pasar la compra del hipermercado al coche. Es como una plaga de gente “supuestamente necesitada” que te da un servicio que no pides, un servicio sin esfuerzo que justo alcanza a cortesía, pero que muchos colombianos premian porque comprenden que esa gente “se busca la vida” para sobrevivir. Admiro la generosidad del colombiano aunque no creo que esto sea bueno para el país. Un maestro rural colombiano me dijo con mucha tristeza pero con gran dignidad que el colombiano es un maestro en el arte de sobrevivir, y es cierto, yo he sido testigo de ello.
Arboles como éste se ven muchos por estas tierras pero uno así, dentro de la ciudad, no es muy corriente encontrarlo.
Este pobrecito caballo se mantuvo inmóvil mientras las chivas evolucionaban a su alrededor. Allí me quedé un rato preocupado sin que el dueño llegara a aparecer.
Esta es la iglesia que predomina en el conjunto de la plaza o parque de Simón Bolivar, que es como decir la Plaza Mayor de cualquier pueblo de España. Su interior es tan bonito como sencillo.
Vista la iglesia, me fui al gran parque que ocupa la mayor parte de la plaza. Había mucha gente pasando el rato allí, y digo esto porque la mayoría estaban charlando de pie o sentados plácidamente como si estuvieran en la sala de estar de su casa.
Se notaba que aquello era el lugar de relación más importante de la ciudad. Supongo que la falta de dinero, muy patente en Colombia, unida la buen tiempo y la belleza del lugar, hacen que la gente que no trabaja se reúna aquí para encontrarse con el resto de la que está en su misma situación.
El parque me resultó tremendamente agradable y animado por sus árboles, las ardillas, iguanas y … las inevitables palomas. Fue muy curioso ver a las iguanas y ardillas dejarse alimentar de la mano.
Yo también me relajé - es una forma de hablar, ya llevo mucho tiempo sin estresarme- y cuando me cansé de caminar dando vueltas al parque me senté a tomar un tinto (café) junto a un precioso puesto ambulante.
Dejé el parque y fui en busca de una iglesia de la que, desde lejos, vi una torre cuando me dirigía al parque. A unos doscientos metros la encontré y me impresionó por su estilo neoclásico muy bien logrado.
De allí fui a visitar el mercado central, por fuera, dado que ya estaban recogiendo todas las paradas del interior. También entonces pude ver imágenes dignas de recordar.
UN SALUDO PARA MI PROTECTOR Y AMIGO EN PEREIRA: FRAN GUITART SAEZ
Cuando mencioné a Patricia Vallejo, mi gran amiga colombiana en Las Palmas, que yo iba a venir a Pereira, me dijo con entusiasmo: ¡yo tengo allí a Fran! Ellos se conocieron mientras Patricia vivía en Madrid, y desde entonces son grandes amigos manteniendo un contacto frecuente por Internet. Enseguida me dio la dirección electrónica de Fran. Contacté con él cuando estaba preparando un viaje a Barcelona justo en unas fechas en que yo también iba a estar allí para visitar a la familia. Aprovechamos la oportunidad encontrándonos en la Plaza de Catalunya, en el mismo centro de Barcelona. Hablamos un buen rato y nos despedimos haciendo planes para nuestro reencuentro en Pereira. Y allí nos encontramos el 1 de abril. Desde entonces, como decía arriba, se ha convertido en mi persona de confianza en Pereira, mi protector, mi asesor, y por supuesto: mi mejor amigo aquí. Desde estas líneas quiero expresar mi gratitud y admiración por este catalán auténtico, honesto, valiente y hombre de negocios hasta la médula, que vino aquí de vacaciones y se quedó para luchar y triunfar en los negocios.
UN HOMENAJE A UN GRAN AMIGO PEREIRANO: ERILSON TAMAYO
A medida que iban pasando los días en Pereira cada vez me iba sintiendo más cómodo con los amigos y amigas que he ido haciendo en esta ciudad ya muy querida para mí. Al margen de las personas que me han ido presentando los amigos o que he ido conociendo yo solo de forma espontánea, dos a quienes he conocido a través de una relación comercial se han convertido en grandes amigos.
Una de ellas es Hugo Londoño, el guía que conocí al visitar los termales de San Vicente, un espacio natural precioso, y que será el protagonista del relato a continuación. Mi otro nuevo gran amigo es Erilson Tamayo, el propietario del piso, a quien quiero rendir un homenaje desde aquí.
Tan pronto como nos conocimos a principios de Abril, ambos nos dimos cuenta de que podíamos confiar en el otro. Erilson es un hombre de algo más de cincuenta años, educado, culto, generoso y sobre todo honesto, en resumen: un hombre de palabra. Además de eso, que no es poco, está muy bien relacionado y considerado en la sociedad de Pereira. Conmigo ha sido extremadamente generoso y atento, transformándose con derecho sobrado en persona de absoluta confianza para mí. Pasé una semana enfermo sin salir de casa y entre el amigo Pedro de la pizzería Milano’s de abajo y Erilson no me faltó compañía, ni nada, cuando Fran y sus amigos estaban ocupados con su empresa. Cuando me despedí de él, quizás para siempre, sentí una pena tremenda.
Además de dedicarse a negocios inmobiliarios importantes, Erilson alquila varios apartamentos de su propiedad en Pereira. Yo he disfrutado de uno de ellos completamente equipado y en una de las avenidas más importantes de la ciudad. Si alguno de vosotros ha de venir a Pereira, y necesita alojamiento, yo os recomiendo que os pongáis en contacto con él. Estos son sus datos:
Su empresa: Rentamar rentamar.colombia@tmail.com José Elinson TAMAYO 00573143030886 David TAMAYO (hijo) 0057 3116300201
Erilson no os defraudará. Además de estar pendiente de que os sintáis siempre cómodos, siempre lo tendréis a vuestra disposición para ayudaros ante cualquier duda, tropiezo o emergencia.
Amigo Erilson, desde aquí y públicamente te doy las gracias por tus atenciones y por tu amistad. Ha sido una suerte y un honor haberte conocido. Deseo para ti y tu familia salud, éxito y felicidad en el futuro. Buena suerte y un abrazo.
01-11-2010 REENCUENTRO CON HUGO LONDOÑO
Este primero de noviembre no es festivo en Colombia por ser Todos los Santos sino por “ser puente” fiesta oficial. Las fiestas que caen entre semana se trasladan a un lunes. Cuando llega un lunes de puente la ciudad se detiene, todo está cerrado aunque muchos establecimientos hayan abierto el sábado y el domingo. No hay nada que hacer en Pereira. Ya estaba agobiado ante este panorama cuando me acuerdo de Hugo Londoño. Llevo tres semanas en Pereira y no le he llamado para charlar un rato. ¡No tengo perdón! Después de conocernos en los Termales de San Vicente hemos seguido en contacto tratando temas de naturaleza, algo a lo que él está dedicado de pleno.
Le llamo para ver si podíamos reunirnos y, después de ubicarnos mutuamente (yo no sabía que vivía en Santa Rosa de Cabal en lugar de en Pereira como yo creía), de inmediato me invita a comer en su casa, y yo acepto. Ya iba en camino hacia la estación de autobuses – Santa Rosa está a 45 minutos de Pereira en buseta- cuando Hugo vuelve a llamar para preguntarme si me parece bien ir a comer a una finca en la montaña propiedad de un español amigo suyo. Yo, naturalmente, acepté encantado.
Llego a Santa Rosa y le llamo para decirle que ya estaba donde habíamos quedado, antes de la hora acordada. Voy haciendo unas fotos del parque Bolivar (no podía ser otro). Este pueblo es famoso por dos cosas: sus baños termales y las tremendas araucarias del parque Bolivar. Al poco tiempo se presenta Hugo. Nos damos un abrazo y vamos rápido a su casa porque a comenzado a llover a bañeras, no a cántaros. Hicimos una parada en un supermercado para comprar un par de botellas de vino. Compramos vino chileno que había encargado el dueño de la finca, y por mi cuenta compré un Sangre de Toro de Torres, el único vino apetecible que encontré.
Llegamos a casa de Hugo y me encuentro a toda su familia está esperándonos: su esposa, sus padres, la hija de uno o dos años (yo no entiendo de eso), un tío hermano de su padre y muy atento conmigo a pesar de ser sordomudo, y algún familiar más cuya relación con Hugo no recuerdo ahora. Me hacen sentar a una mesa, a mi solo, porque habían pedido comida para mí por si me daba hambre antes de comer en la finca. Les digo que si como allí no lo haré luego, y les pido por favor que cancelen la petición de la comida. Al final los convenzo y salimos hacia la finca. Alquilan un jeep Willis y en él nos metemos todos; creo que éramos 10, sin contar el conductor. Hugo y su padre iban de pie en el pescante de la parte de atrás, fuera del vehículo.
Cuando llegamos me encuentro con una finca grande en un lugar de la montaña muy bonito. Allí nos recibe Miguel, de Madrid, y su esposa colombiana cuyo nombre lamento mucho no recordar. Pasamos hasta la casa, grande y típicamente colombiana, después de dejar atrás dos cabañas destinadas a turismo rural.
Por fin nos acomodamos en una amplia terraza cubierta donde Miguel ya estaba preparando la barbacoa.
Enseguida comenzamos una animada charla donde todos participaron pero, especialmente, la mantuvimos Miguel, Hugo y yo. Las señoras, como siempre, pobrecitas, estaban ocupadas preparando la comida aunque Miguel siguió manteniendo la conversación mientras iba haciendo la carne: ¡un hombre haciendo dos cosas a la vez! La esposa de Miguel sacó un vino blanco muy bueno como aperitivo. Para comenzar el ágape comimos unos champiñones rellenos excelentes y luego unos filetes de vacuno tremendos. Luego vino un postre típico acompañado de una malvasía que, según Miguel, tenía más de 70º de alcohol.
La fiesta se fue animando. Hugo, que también es reportero de una televisión de Pereira, nos hizo un reportaje grabando los parlamentos que íbamos haciendo uno tras otro. Luego hicimos fotos de todos en grupo y luego… luego comencé a sentirme mareado. Llamé a Miguel y se lo dije, como pidiendo disculpas anticipadas por lo que pudiera pasar. Me dijo que no me preocupara, que había sitio de sobra para quedarme a dormir. Afortunadamente la crisis no duró mas de veinte minutos; pronto comencé a sentirme mejor y cuando llegó el momento de volver a Pereira ya estaba casi normal.
Después de una entrañable despedida nos retiramos de casa de Miguel ya avanzada la noche. Volvió el “taxi” a buscarnos. Una vez en el pueblo y después de despedirme de toda su familia, Hugo me acompañó hasta la parada del autobús.
Todo resultó fantástico, y esta fiesta de la que no sabíamos nada a primera hora de la mañana, resultó ser el último evento importante e inolvidable de mi estancia en Pereira. ¡Hay que ver lo que puede provocar una simple llamada de teléfono a un amigo!
04-10-2010 A LOS NEVADOS DEL RUIZ
Ya está próxima mi partida de Pereira y comienzo a despedirme de los amigos. Por la mañana voy a la oficina de Fran a despedirme de su gente. Paso allí un buen rato, miro el correo en el ordenador de la oficina y llamo a Hugo para ver si tiene lista la copia del video que hizo en la fiesta en casa de Pedro. Me dice que ya la tiene y la traerá de Santa Rosa de Cabal a Pereira. Como tengo intención de invitar a Fran a comer en un centro comercial cercano al paso del autobús de Santa Rosa, me cito con Hugo en una esquina del mismo edificio.
Poco rato después voy con Fran a encontrarnos con Hugo. Este último llega puntual y nos vamos los tres a tomar unos refrescos en una terraza anexa al centro comercial que se llama Victoria. Hugo nos cuenta sus proyectos con CNR, la emisora de televisión con la que colabora. Va a tener un espacio semanal dedicado a la ecología y a la vida salvaje de los bosques de la región. Pronto se despide Hugo pues ha de volver al trabajo; Fran y yo vamos a comer a uno de los restaurantes en lo alto del Victoria.
Me despido de Fran y me vuelvo al apartamento a coger la bolsa que tengo preparada para la excursión a los Nevados de Ruiz. Ya tengo habitación reservada en el hotel de Manizales donde vendrán a buscarme para ir de excursión. Cuando llego a Manizales ya son algo más de las seis, noche cerrada, y llueve muchísimo. No hay ningún taxi libre. En plena lluvia comienzo a caminar en la dirección del hotel por si acierta a pasar una buseta o autobús. Al poco rato aparece uno y subo. El bus comienza a andar y yo no consigo reconocer nada que me diga que voy en la dirección correcta. Me siento cerca del conductor y le enseño la tarjeta del hotel pues yo no consigo leer la dirección que está escrita en letra blanca muy pequeña sobre un fondo que no contrasta. El hombre la mira con detenimiento pero no consigue leer la dirección. Una señora sentada frente a mí, a las espaldas del conductor, me pide la tarjeta y consigue leer la dirección diciéndosela al conductor. Al hombre no le suena nada. Entonces la señora saca su celular (móvil) y llama al hotel para preguntar en recepción más información para llegar al hotel. Le dan la información y me dice que baje yo con ella pues parece ser que el hotel está cerca de su casa, aunque no sabe dónde exactamente.
Bajamos del autobús bajo una lluvia muy intensa. Ella lleva paraguas pero no puede cobijarme porque ambos llevamos bultos grandes. Entramos en la portería de su casa y, para más asombro mío, le dice al portero que llame a un taxi para que me lleve hasta la del hotel. También le pide que escriba en un papel la dirección del hotel para que el taxista la pueda leer. Mientras esperamos el taxi –ella no quería dejarme hasta que no llegara el transporte- estuvimos hablando unos cinco minutos. Cuando apareció el taxi le di las gracias muy emocionado a la señora y le dejé mi dirección electrónica por si alguna vez venía a España y necesitaba ayuda. También le dije: No sé cuantas mujeres habría que contactar en España para encontrar a una tan amable como usted. No menos de cien, seguro.
Subo al taxi y le pregunto al conductor si sabe como llegar a esa dirección. Me dice que sí… sonriendo. Arranca acercándose a la mediana, avanza unos cincuenta metros y se detiene para girar al sentido contrario. Avanza otros cincuenta metros y gira a la derecha en la primera calle que encuentra. Ochenta metros más y para frente al hotel. ¡La casa de la señora estaba a cien metros del hotel! Pagué la carrera mínima del taxi con mucho gusto pues seguía lloviendo con gran intensidad.
Esta señora es un ejemplo, quizás el más tremendo de los que se me han presentado, de cómo pueden ser de amables y serviciales los colombianos. Francamente, muchas veces llegan a emocionarte con tanta generosidad. Creo que en España ya no somos así… ¡ojalá esté equivocado! Esta experiencia es lo más destacable de esta excursión a Manizales y los Nevados del Ruiz y, como se verá más tarde, ¡lo único que ha valido la pena!
Ya en el hotel comienzo a sentirme mal a causa de la altura, a pesar de ello decido seguir adelante con la excursión. Me dan la habitación y mientras dejo las cosas para de llover. Apenas son las siete de la tarde, quedan muchas horas por delante antes de ir a dormir a pesar de que mañana vendrán a buscarme a las siete de la mañana para ir a la montaña. Salgo a la calle y me dirijo al centro comercial El Cable para comer algo e ir al cine… o viceversa.
Decido ir al cine primero pues la película “Fenómenos paranormales 2” está a punto de comenzar. ¡Qué película más horrorosa! Y no lo digo por el miedo que da sino por lo mala que es la película. Al salir me como un bocadillo y me voy a dormir con el cuerpo bastante pesado por el mal de altura.
Me levanto pronto, me aseo y desayuno algo en el propio hotel. Pronto me vienen a buscar para decirme que no se sabe cuando se podrá ir a los Nevados. Con la lluvia de ayer hubo varios corrimientos de tierra que han cortado la carretera en varios puntos. En cuanto la carretera quede expedita me avisarán. Ante este panorama, sin saber a qué hora podré salir a la montaña (es una excursión larga y a las seis de la tarde ya es de noche aquí) y con el malestar que tengo aquí, dos mil metros menos que a donde se suele subir, decido renunciar a la excursión y volver a Pereira enseguida.
Agarro la bolsa y voy a buscar un bus que me lleve al cable que me bajará a la terminal. Entonces aprovecho para hacer unas cuantas fotos más como despedida a la ciudad de Manizales.