sábado, 6 de noviembre de 2010

06-11-2010 PROXIMO DESTINO: GUAYAQUIL, ECUADOR



¿POR QUÉ VIAJAR A GUAYAQUIL?



Durante toda mi adolescencia tuve un gran amigo en mi pueblo Prat de Llobregat en Barcelona: José Collado. El y yo formamos en nuestros años jóvenes un dúo inseparable. Compartimos colegio, curso, amigos y calle desde los diez a los catorce años. Entre nosotros dos y cuatro amigos más formamos una pandilla que se mantuvo compacta hasta los veinte años. Juntos vivimos las mejores y más inolvidables experiencias de nuestra adolescencia. José vivía con sus abuelos porque sus padres habían emigrado a Ecuador. Hizo varios viajes para estar un tiempo con sus padres y, cuando volvía, me contaba su viaje, me explicaba cosas del Ecuador y me ponía los dientes largos excitando mis deseos de viajar y conocer el mundo. Después de pasar en España el curso de acceso a la universidad, José se marchó definitivamente a Ecuador para hacer la carrera de ingeniero eléctrico. Su partida supuso para mí un verdadero trauma. Nunca me he olvidado de José a pesar de que ya han pasado más de cuarenta años. En ese espacio de tiempo sólo nos hemos visto dos veces en sendas visitas fugaces que él hizo a El Prat para ver a los familiares que todavía le quedan allí, y que le cuidaron tan lejos de sus padres. En una de esas ocasiones conocí a Leticia, su esposa, que le acompañaba en ese viaje.



Estando en Pereira, tan cerca de Ecuador, no dejaba de pensar en José y en mis viejos y frustrados deseos de conocer aquél país. Hacía muchos años que no sabía nada de él. Un buen día entro en Google y escribo su nombre completo. Salieron un par de referencias sobre él que no me sirvieron para contactarle pero, por fortuna, sí apareció una página web de Leticia en la que ésta hace un estudio de su familia desde que llegaron a Ecuador. Allí encontré un e.mail que me permitió contactar con Leticia e, inmediatamente, con José. Hablamos por teléfono y le conté mis intenciones de ir a verle, a lo que él reaccionó con una ineludible invitación a su casa. Y a ese proyecto de viaje estoy aplicado ahora mismo.



06-11-10 DE PEREIRA A PALMIRA



Pereira está al norte de Cali, y la frontera con Ecuador está bastante más al sur de Cali que la distancia entre esta última y Pereira.. Lo primero es llegar a Palmira, a casa de Eduardo (a unos veinte km de Cali) para saludarle, descansar, y preparar el salto a Guayaquil.



Salgo de Pereira en autobús a primera hora de la mañana de este sábado 6 de noviembre. El viaje ya me resulta algo pesado porque he hecho este recorrido antes. El paisaje es siempre magnífico pero a todo se acostumbra uno. Llego a Palmira a las 13:30 y allí estaba Eduardo esperándome.



Antes de dirigirnos a casa de Eduardo pasamos por la oficina de autobuses Bolivariano para pedir información para un viaje a la frontera con Ecuador. Mi intención es hacer el viaje por tierra para ver el paisaje y las poblaciones que se encuentran a su paso. Unos amigos me dicen que vaya por carretera y otros que evite hacerlo porque es un viaje muy largo y por tierras inhóspitas sin apenas población… y no carentes de riesgo. Estoy indeciso. Ya en la oficina, me dicen que el único viaje sale de Cali a las nueve de la noche. Eso desbarata todos mis planes de ver el paisaje y, según lo que viera hacer una parada en el camino. De inmediato decido ir a Guayaquil en avión.



Llegamos a casa de Eduardo, saludo a Noemí y sus hijos, y me instalo en la misma habitación que ocupé en mi visita anterior. Enseguida conecto con Internet para sacar el billete a Guayaquil para el lunes. Lo intento varias veces pero al momento de pagar se interrumpe la operación por “errores en el sistema de pago”. No me queda más opción que ir a una agencia de viajes pero ahora, sábado por la tarde, están todas cerradas. Se lo comento a Eduardo, y pensamos que lo mejor es relajarse y acudir mañana al aeropuerto para comprar el billete.



A la mañana siguiente, Noemí, Eduardo y yo vamos al aeropuerto de Cali. Compro sin problemas mi billete a Guayaquil para mañana a las 15:30 horas. El viaje de ida es directo pero el de vuelta hace escala en Bogotá. Esto último me satisface porque, de vuelta de Ecuador, quiero hacer mi último recorrido por Colombia comenzando por Bogotá y de allí seguir hacia el norte visitando varios pueblos interesantes hasta llegar a Santa Marta en el Caribe. Cuando regrese de Guayaquil me quedaré en Bogotá en lugar de continuar hasta Cali.



Al salir del aeropuerto vamos a comer a un pueblo que se llama Rozo, muy popular en la zona porque en él hay muchos restaurantes ubicados en grandes jardines. Es un lugar que a Noemí le encanta y bueno… ¡qué vamos a hacer Eduardo y yo! Los deseos de Noemí son órdenes para nosotros. Entramos en un restaurante muy bonito después de llegar hasta él mediante un recorrido en buseta y otro en un taxi decrépito con forma de R12 que parecía iba a desmontarse definitivamente en el próximo bache. Durante la comida hablamos mucho a medida que yo les iba poniendo al día de mis últimas andanzas por Pereira.



De vuelta a casa comencé a preparar el equipaje mientras se iba secando la ropa que Noemí me había lavado. Luego voy a un locutorio para hablar con José Collado y confirmarle la hora de mi llegada mañana al aeropuerto de Guayaquil.



08-11-10 DE PALMIRA A GUAYAQUIL



Es lunes 8 de noviembre. Me despido de Eduardo y Noemí a primera hora pues ellos han de ir al centro para una consulta médica. Yo salgo de su casa a las 10:30 en una buseta que pasa cerca y me deja en el aeropuerto. Llego sin novedad, facturo mi equipaje y, para mi sorpresa, no me hacen pagar el impuesto de salida de Colombia, unos treinta euros al cambio. Al momento de pasar el control de seguridad me retienen el pasaporte y me hacen esperar a un lado. No me alarmo porque enseguida vienen más personas donde mí. Se trata de un control aleatorio o intuitivo, no lo sé, de los viajeros haciéndoles radiografías. Mediante este sistema intentan disuadir y, de cuando en cuando, detectar a las/los mulas que llevan droga en sus intestinos. Me conducen hasta una instalación de rayos X. Allí me hacen subir a una cinta transportadora que, sin detenerse, te expone a la radiación sólo lo justo y necesario. Superada la prueba te dejan marchar devolviéndote el pasaporte. Esto es habitual en Colombia donde el control policial antidroga es realmente exhaustivo.



El resto del viaje fue muy placentero y puntual en la llegada. A la salida del aeropuerto estaban esperándome José, Leticia y su hija Inés de unos veinticinco años. Me instalan en la habitación del hijo, José Juan. Es una casa aislada y grande, con dos niveles, cómoda y muy bien decorada. Como no podía ser de otra forma, José es un personaje importante aquí en Guayaquil. El ha intervenido en todos los grandes proyectos de infraestructuras eléctricas en esta ciudad, desde el mismo aeropuerto, hasta en el alumbrado de avenidas, bancos, edificios oficiales, túneles, puertos, algo asombroso, de verdad. Es un tipo de lo más importante con un talante que irradia sencillez y naturalidad. Me siento muy orgulloso de tener un amigo así que, además, sigue siendo igual que en su juventud, tal como yo le he recordado siempre. Y es que él ya fue un jovencito maduro. Viviendo lejos de sus padres era ordenado, serio, disciplinado, aplicado en los estudios… nadie de la pandilla se podía comparar a él. No importaba lo descabellado de cualquier proyecto de la pandilla… si Collado intervenía; nuestros padres confiaban más en él que en sus propios hijos. Estoy seguro de que él está tan emocionado como yo con nuestro reencuentro, y me alegro muchísimo de que así sea.



Leticia está disfrutando de este gozo nuestro tanto como nosotros. Ella es justo la mujer que necesita José: inteligente, guapa, con mucha clase, elegante, culta, religiosa, artista, solícita y cariñosa, participativa y una excelente cocinera. ¡No se puede tener más suerte, José!



En la sobremesa de la cena José y yo hablamos sin parar y sin que los demás puedan apenas participar. No paramos de contar nuestras aventuras en el colegio, en nuestros primeros viajes en pandilla, nuestro primer viejo coche de propiedad compartida, nuestros primeros jornales trabajando en los campos del abuelo de José… y así durante varias horas hasta que a mi se me cierran los ojos de cansancio sin darme cuenta. Enseguida me invitan a retirarme a descansar y nos despedimos hasta mañana.



Durante los días siguientes Leticia y su hija me enseñan hasta el último rincón de Guayaquil mientras José y José Juan están dedicados a la empresa que el primero tiene en sociedad con otro ingeniero ecuatoriano. Por las noches, durante la cena, voy conociendo al resto de la familia, dos sobrinos, una sobrina, y las novias del hijo y de uno de los sobrinos. Todos se muestran muy atentos y cariñosos conmigo ofreciéndome unas veladas inolvidables. En la mesa veo muestras de la añoranza de José por nuestra tierra en forma de buenas botellas de vino de Rioja, embutidos y otras delicias al estilo español.



12-11-10 VIAJE A MANTA, CAPITAL DEL ATUN



Hoy, viernes 11 de noviembre, José tiene que ir a Manta, una ciudad bastante importante en la costa, para presentar un proyecto muy importante. Me ha invitado a que le acompañe junto con Martín, uno de sus colaboradores de confianza. Salimos después de comer con cuatro o cinco horas de viaje por delante. El paisaje es bastante feo en esta zona, nada comparable con el verde omnipresente en Colombia. Pasamos por Jipijapa, pueblo famoso por los sobreros indeformables que aquí se elaboran, y de los que tanto me había hablado José en España. Llegamos ya de noche a Manta y vamos directo al Hotel Haward Jhonson, un hotel bastante elegante. José y Martín tienen una reunión preparatoria de la sesión más importante de mañana. Yo les dejo en el hotel y salgo a dar una vuelta. Primero voy a que me corten el cabello y luego me tomo un vino en el “El Pamplonica” un restaurante con cuyo dueño pamplonica paso un buen rato charlando. Cuando me reúno de nuevo con los amigos, los traigo a cenar aquí para darme el gustazo de invitarlos.











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A la mañana siguiente, José y Martín van a la reunión de negocios y yo salgo a conocer Manta. Paso una animada mañana recorriendo toda la ciudad: playa, parques, paseos, mercado, etc. Esta ciudad es muy conocida por dedicarse a la pesca intensiva del atún, de hecho hay varios monumentos en homenaje a ese pez/pescado, según su estado, claro. Hago muchas fotos sobre todo en la playa, donde había una gran actividad.



























































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Sobre estas líneas,
de arriba a abajo:
la iglesia,
calle peatonal.
autobús super decorado,
mirador en el paso elevado,
actividad en la playa,
actividad en la playa,
confesando en plena calle,
monumento al atún-pez
Sobre estas líneas,
de arriba a abajo:
publicidad de bocadillos,
paseo marítimo,
panorámica de la playa,
actividad en la playa,
actividad en la playa,
actividad en la playa,
transporte de alto rendimiento,
atún-pescado al restaurante


Lamento producir tantos cambios en la presentación de este blog. No me resulta nada fácil este programa. Casi nunca consigo que las entradas aparezcan como a mí me gustaría. Resulta muy difícil presentar las fotografías como uno quiere y en el tamaño deseado. No me queda más opción que ir experimentando cada día para intentar mejorar la organización y la estética de mis escritos… y no estoy teniendo mucho éxito, lo reconozco, pero seguiré intentándolo.



De las escenas fotografías arriba, varias me impresionaron mucho. Por ejemplo: la que aparecen dos hombres, uno con la mano apoyada en el hombro del otro. El de la camisa clara, cuando yo pasé junto a ellos, le decía al otro: y ahora reza el Credo… Era lo más parecido al ritual de una confesión. Observar la postura de respeto, sumisión y concentración del otro hombre. También me impresionó el tamaño de los atunes transportados en la camioneta con dos hombres sentados en el borde de la caja. ¿Y qué pensaría un guardia civil de tráfico si viera tanta gente en un vehículo sin cinturón de seguridad. ¿Cuántos puntos le quitarían al conductor?



POR LA NOCHE… DE BODA



Cuando José y Martín me llamaron después de terminada la reunión fui en taxi a reunirme con ellos en el hotel. Los encontré eufóricos porque la reunión había sido muy satisfactoria y estaban convencidos que ellos ganarían el concurso para adjudicarse la realización del gran proyecto que les había traído hasta Manta. Fuimos a comer al bufet de otro hotel, el Oro Verde. Comimos muy bien y enseguida iniciamos el retorno a Guayaquil.



No nos sobraba tiempo porque esa misma noche José y yo teníamos que acudir a la boda de la hija de un amigo íntimo de José y Leticia. Daros cuenta del honor que me hizo José al llevarme a la boda de una pareja, desconocida para mí, y a la que no fue ninguno de sus propios hijos. Tan destacable y especial era ese privilegio para mí que no me atreví a declinar la invitación. Me limité a seguir sus indicaciones… comenzando por ir a probarme, antes de ir a Manta, un smoking de alquiler que él pagó sin darme ninguna opción a colaborar. Cuando llegamos a casa de José tuvimos el tiempo justo para asearnos, colocarnos el disfraz, y salir de inmediato hacia la iglesia.

















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Al llegar a la iglesia nos situamos bastante alejados de los novios, por esa razón, la primera foto que pretende ser un homenaje a los protagonistas ha salido borrosa. Y aquí tenemos a Leticia, la esposa de José, a los otros dos ya los conocéis. Estamos imponentes los tres, ¿verdad?



La boda fue muy formal y oficiada por un sacerdote español. Esto último me llamó la atención en ese momento, pero luego encontré más curas españoles en otras parroquias. Según me confirmaron los amigos, hay muchos por estas tierras. De la iglesia fuimos a un club de oficiales de la marina ecuatoriana donde se celebró el banquete. Luego me explicó José que el padre de la novia, amigo suyo, y por quien estamos invitados aquí, es almirante. Tan pronto se acomodaron los invitados en el amplio comedor comenzó a sonar la música a todo volumen. No era fácil entenderse con los decibelios que soltaba el conjunto que teníamos en el escenario. Comenzaron a servir cava y un discreto aperitivo, y la gente comenzó a salir a bailar. Como a mí no me gusta el baile intenté eludirlo hablando con todos los que tenía alrededor pero pronto se fueron yendo a bailar y, cuando sólo quedábamos cuatro en la mesa, tuve que hacer los honores a la única mujer que estaba sola y junto a la que, curiosamente, me habían reservado asiento. Y así estuve bailando… o intentándolo: cumbias, salsa, sambas, etc, etc, todo lo que me da pánico.



Pasaron mas de dos horas y la cena no llegaba. Ya comenzaba a dudar que hubiera cena cuando casi a la una anunciaron la apertura de un bufet. Pronto se organizó una cola de invitados que pasando por el mostrador iban recibiendo en sus platos aquello que deseaban. Luego, el padre de la novia me explicó que tardan en servir la cena porque si lo hacen pronto los invitados se marchan después de llenarse la barriga porque con la digestión les entra sueño. Lo que quieren los anfitriones es que la fiesta dure hasta que se haga de día.



Después de la cena llegó a cada invitado una porción del pastel nupcial y un obsequio recordatorio de los novios. Luego se dio entrada a una especie de mostrador en forma de U completamente abarrotado de dulces. Allí iban entrando los invitados con su platito haciendo acopio de todas las tentaciones que podían. Mientras la música y el baile no cesaban. Yo estaba refrescándome un rato en el jardín cuando José y Leticia vinieron a buscarme para irnos a casa. No eran más de las tres de la madrugada; luego me enteré de que la fiesta duró hasta las siete de la mañana. Fue una bonita experiencia, lo pasé muy bien.



13-11- 10 A LA PLANTACION DE CACAO DE JOSE



Con bastante pereza por la resaca de la fiesta de anoche, José y yo nos levantamos sobre las nueve de la mañana para hacer una visita a su plantación de cacao. Desayunamos y después de media hora de coche llegamos a sus tierras. Al llegar frente a la puerta de la finca, me impresionó su extensión que intuyo no es inferior a 10 hectáreas. Iniciamos el recorrido del camino central pero pronto nos detenemos junto a una camioneta allí estacionada. Bajamos y a unos treinta metros vemos a un señor mayor y un jovencito que está recolectando los frutos del cacao.

















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Arriba vemos la entrada a la finca. A la derecha el aspecto del fruto del cacao a punto de recolectar. Abajo José, orgulloso agricultor, y a la derecha la pulpa del cacao descubierta con precisos cortes de machete.

















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Arriba a la izquierda vemos la pulpa de cacao recolectada hasta que nosotros llegamos. La pulpa esta bañada dentro de la cápsula con un jugo dulce que vemos escapar de la camineta, y que atrae mucho a las avejas.



Abajo vemos a José junto a un cajón donde se deposita la pulpa durante el tiempo necesario para que fermente. Una vez superada la fermentación, la pulpa se extiende en esa especie de era rectangular para que se seque al sol. Una vez seca llega el momento de venderla a los mayoristas y fábricas de elaboración del chocolate u otros productos.











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Aquí vemos la flor y a la derecha la primera fase en la formación del fruto, algo que nos quedaba por ver y donde comienza todo.

















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Arriba tenemos otros productos de la finca de José, y abajo dos de sus empleados: el mecánico y el capataz.



No sé que os ha parecido a vosotros, pero para mí esta ha sido una de las experiencias más interesantes de este viaje. Toda la vida adorando al chocolate y no tenía ni idea de como se cosechaba y elaboraba. ¡Más vale tarde que nunca! A partir de ahora, cada vez que le hinque el diente a una pastilla de chocolate me acordaré del calor, de lo pringosa que es la pulpa del cacao, de las abejas, de los vapores ácidos de la fermentación, de la pulpa secándose al sol tirada por el suelo… pero, a pesar de todo, seguiré comiendo feliz ese manjar delicioso, estimulante, antidepresivo y adictivo que es el chocolate. ¿Y vosotros?





POR LA TARDE… A PLAYAS



Tal como me prometió José por teléfono, cuando todavía estaba yo en Pereira, mañana va a hacer una gran paella en mi honor y para toda la familia. Será a base de marisco y, como él y Leticia son tan sibaritas, esta tarde vamos a hacer una excursión hasta la costa, unos 90 km, para comprar marisco vivo en un pueblo de pescadores que se llama Playas que, además, tiene unas bonitas playas.



A medida que íbamos recorriendo kilómetros, yo pensaba que con lo cómodo que soy para comer, yo no sería capaz –por iniciativa propia- de hacer un viaje como éste para comprar marisco, antes me olvidaba de la paella. Como mínimo tardamos hora y media en llegar. El pueblo resultó ser muy pintoresco, especialmente por sus gentes. No paré de hacer fotografías mientras José y Leticia miraban y miraban para encontrar las conchas (una especie de almeja grande y oscura) y las almejas más guapas?? Cuando por fin se decidieron por una bolsa de conchas, allí mismo se las fueron abriendo sin miramientos a golpe de cizalla… o guillotina?























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Para mí lo más curioso del pueblo es la gran cantidad de triciclos, a motor o sin él, que se ven por sus calles, resulta divertido estar atento a su paso.

















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Después de la compra de frutos de mar para la paella nos fuimos al paseo de las playas de Playas que resultó ser muy bonito. Mientras tomábamos un refresco se hizo rápidamente de noche, como pasa siempre cerca de ecuador… y nunca mejor dicho. Dimos un paseo a pie a lo largo del paseo y regresamos al coche para emprender el camino de regreso a Guayaquil.



14-11-10 HOY PAELLA



Poco después de desayunar comienza a desplegarse una gran actividad en la cocina. Mientras Leticia va despejando la cocina, José ya está en la terraza de atrás preparando el fogón para hacer la paella. Pronto está todo el instrumental listo y José pasa a tomar posesión de la cocina. Entonces yo, con la excusa de que soy un cero a la izquierda para cocinar, me voy de casa con la excusa de hacer un poco de ejercicio caminando. Pregunto a mis amigos como llegar al centro de la ciudad y, después de echar a José una foto, allí me encamino.



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Estoy disfrutando caminando de forma enérgica; hace muchos días que no hago ejercicio y lo echo a faltar. Voy rápido porque lo que me interesa hacer, realmente, es encontrar una floristería para comprarle a Leticia un hermoso ramo de flores o algo por el estilo. No puede ser estar recibiendo tanta hospitalidad y tantas atenciones de una familia que te acoge en su casa como a uno más y yo, por mi parte, sin poder corresponder de ninguna manera porque no me lo permiten. Esta vez me voy a desquitar.



Después de muchas vueltas –por ser hoy domingo- por fin encuentro una floristería abierta. Mi idea era comprar un bonita maceta de orquídeas, pero las que veo no me gustan. Otra opción era comprar un centro de flores cortadas y muy selectas pero que duran menos. La propietaria me pide media hora de tiempo para traerme otras macetas de orquídeas para ver si me agradan. Acepto esperar y salgo a dar una vuelta.











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Este es uno de los detalles más bonitos y acertados de los que he visto en Guayaquil: los puntales de los viales de tránsito elevados están decorados de dibujos hechos con azulejos.











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A la izquierda un ejemplo exagerado de un fenómeno muy raro que he encontrado aquí. En Guayaquil hay muchos árboles de este tipo: araucaria, y la gran mayoría en esta ciudad están con el tronco torcido. Me gustaría que me dieran una explicación a esta rareza. A la derecha, algo que sorprende a cualquier español: ETA Fashion.











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Cerca de la floristería se encuentra esta iglesia de planta redonda, muy bonita. Por cierto, el cura que estaba celebrando la misa también era español.



Vuelvo a la floristería y, después de ver las orquídeas que me habían traído me quedo con el centro que, realmente, era precioso. Tomo un taxi para que el presente llegue intacto y, al entrar en casa y entregárselo, Leticia se queda sin habla y, muy emocionada, me da un fuerte abrazo. ¡Objetivo cumplido!























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Arriba, aparecen por primera vez el hijo de José y Leticia, José Juan acompañado de su novia. En el centro la paella en sus últimos minutos de cocción. Abajo, a la izquierda, la obra de arte terminada y, a la derecha, Leticia preparando el aguacate para la ensalada.



La paella salió extraordinaria, buenísima para mí que me gusta con el arroz bien cocido y algo caldoso. Disfrutamos mucho de la comida en compañía de los hijos y sobrinos de Leticia y José. Una jornada inolvidable. Por la tarde vino Heidy, otra sobrina de Leticia a la que le gusta mucho cantar. Cuando terminó con la ración de paella que le habían guardado –estaba trabajando a la hora de la comida- saqué el ordenador, puse el karaoke en marcha, y nos pasamos el resto de la tarde cantando. ¡Fantástico!

1 comentario:

  1. Que gusto me da leer sus divertidas aventuras en Ecuador, lastima que no he podido pasar mas tiempo en casa durante su visita, fue un gran gusto conocer a alguien que compartio su juventud junto a mi padre, aun recuerdo con cariño las anecdotas narradas durante una deliciosa comida.
    Me despido con un fuerte abrazo y esperando que este reencuentro vuelva a darse aca en ecuador o alla en españa, es emocionante haber escuchado a mi papa hablar de su juventud como si hubiera pasado ayer.

    Att:
    César Acevedo R.

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