lunes, 20 de septiembre de 2010

20-09-2010, DE NUEVO EN COLOMBIA

Ese 20 de setiembre salí del aeropuerto de Las Palmas de Gran Canaria a las siete de la mañana en un vuelo de Iberia hasta Madrid. Después de tres horas de espera en Barajas tomé un avión de Avianca que, pasadas diez horas de vuelo me llevó directamente a Cali, donde aterrizó a las 16:50 con media hora de adelanto.


Todo el tiempo ahorrado en el vuelo se perdió en el control de pasaportes. Cuando por fin salí al vestíbulo general del aeropuerto, allí estaba Eduardo Azuara con su compañera Noemí y Dani, un taxista amigo de ellos. Tras los saludos, abrazos y presentaciones iniciamos una animada charla, camino del taxi.


El tiempo se notaba húmedo y caluroso, aunque no llegaba a ser incómodo para mí. El aire entraba con fuerza en el interior del coche y me resultó reconfortante a pesar de que no suelo soportarlo habitualmente. Estaba muy cansado. El camino hacia Palmira, localidad cercana al aeropuerto donde viven Eduardo y Noemí, está flanqueado por grandes plantaciones de caña de azúcar que, en esta época y zona, ya estaba cortada. Cuando llegamos a la casa ya se había hecho de noche, algo que aquí, tan cerca de Ecuador, sucede hacia las seis de la tarde.


El piso de Eduardo y Noemí está en un barrio residencial de clase media, al este de Palmira. Está en un primer y único piso. Es un apartamento amplio, de tres habitaciones, donde viven con dos de los tres hijos de Noemí, ya mayores; el mayor está casado y vive en su propia casa. Uno de los hijos residentes aquí se ha trasladado a casa de un familiar para cederme su habitación. Cuando me enseñaron esa habitación ya estaba completamente vacía y a mi disposición.


Después de cenar dimos un ligero paseo por el barrio y, tan sólo regresar, me fui a la cama. Estaba roto.



21-09-2010


Me levanto muy descansado sin, todavía, síntomas de jet lag, o de cambio de horario. Desayunamos y vamos al centro de Palmira. Voy a las oficinas de COL.SANITAS para hacerme un seguro de salud que me cubra ante cualquier eventualidad durante mi estancia aquí hasta mediados de diciembre. Hay que decir que la Seguridad Social no da cobertura fuera de Europa… y aquí no te atienden en un hospital sino después de entregar una gran cantidad de dinero.



CAPTURAN AL LIDER DE LAS FARC, EL MONO OJOY


A mediodía se extiende por toda la nación –y el mundo entero- la noticia de la muerte de la muerte del Mono Ojoy, el líder más carismático, temido y odiado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Su eliminación se ejecutó con un bombardeo masivo del bunker que tenía en plena selva, seguido de un ataque de fuerzas de élite que ya se encontraban rodeando el refugio de los guerrilleros desde antes de iniciarse el bombardeo.


Esta noticia se ha celebrado con euforia en toda Colombia, y se ha mantenido latente día y noche en todos los medios de comunicación con un constante goteo de nuevos detalles del ataque e informaciones sobre los guerrilleros, a medida que éstas se iban descubriendo al examinar los restos del refugio guerrillero y su sistema informático.


Más tarde se ha sabido que los informantes que han facilitado el ataque del Ejército Colombiano se encontraban entre los hombres de confianza del Mono Ojoy. Estos colaboradores llegaron a poner un emisor gps satelital en una de las botas del cabecilla. Durante meses se siguieron por satélite los constantes movimientos de jefe de las Farc por la impenetrable selva. Por la frecuencia en las visitas a un determinado lugar, éste fue identificado como el bunker o refugio principal de Mono Ojoy. Justamente cuando el gobierno y el alto mando del ejército lo han considerado oportuno –y el presidente Juan Manuel Santos se encontraba en Nueva York a punto de intervenir en Naciones Unidas- tuvo lugar el ataque.


Los portavoces del ejército ya han informado de que los delatores serán recompensados por su acción, tal como llevaba ofreciéndolo el gobierno desde hacía tiempo.






CÓMO DISCURRE MI ESTADÍA EN PALMIRA


A partir del segundo día comencé a notar el “jet lag” –no sé si es así como se debe escribir- ese malestar tan desagradable que se siente tras un largo viaje con siete horas de desfase horario entre origen y destino. Durante el día notaba un ligero malestar que se hacía llevadero hasta llegar las ocho o nueve de la noche. A partir de entonces sentía un tremendo cansancio que me obligaba a retirarme a dormir enseguida. Esto me duró tres días más hasta que comencé a correr por la mañana. No sé si fue el ejercicio o coincidencia con la recuperación natural, pero esa misma noche comencé a sentirme bien.


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En Palmira hay un gran parque cerca de casa (casa de Eduardo y Noemí) donde disfruto muchísimo corriendo a días alternos. Aquí le llaman “El Bosque”. Es bastante grande pues para dar una vuelta al circuito grande de su interior tardo trece minutos; con tres vueltas me quedo satisfecho, no conviene forzar mucho la máquina pues estoy lejos de estar en forma. Correr por este parque es muy estimulante porque está lleno de alicientes, especialmente a media mañana, cuando ya se han marchado toda la gente que trabaja; casi siempre soy el único visitante del parque y nunca hay más de cinco personas si no contamos a quienes trabajan aquí en labores de mantenimiento. Tiene un gran lago en el centro que en sus aguas refleja toda la vegetación del otro lado aumentando su belleza. La vegetación no es tupida, ello hace que los grandes árboles parezcan todavía más majestuosos, verdaderos monumentos vivos. Hay una gran variedad de árboles y arbustos con flor. En mi recorrido sorprendo a menudo a los habitantes permanentes del parque que salen a la vista cuando éste se queda casi vacío. Lo más notorio son las grandes iguanas, con más de un metro de longitud, que encuentro en mi camino y corren de inmediato para zambullirse en el lago. También hay una gran variedad de pájaros de colores y tamaños diversos. Hay colibrís, pájaros carpinteros fácilmente localizables, pajarillos azules, rojos y amarillos, aves acuáticas semejantes a ibis, unos buitres que aquí llaman gallinazos, cornejas, etc. Francamente, lo paso genial corriendo por allí.


Palmira, como ciudad, a pesar de sus 302.000 habitantes, no es destacable. Su plaza principal, el Parque Bolivar, está en obras –aparentemente eternas, no se ve a nadie trabajando allí- con toda la zona ajardinada acotada. Las calles están siempre llenas de coches y motos, sobre todo motos, y con demasiada contaminación. Las aceras son estrechas y uno se ve obligado a bajar a la calzada con frecuencia y con el consiguiente riesgo. No hay ni una sola calle peatonal en el centro de la ciudad; hay varias plazas aisladas pero siempre están vacías, toda la gente se concentra en las calles. La circulación es un verdadero caos… pero nadie se queja y se limita a hacer lo que le viene en gana.


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Yo suelo ir con frecuencia al centro, casi cada día y con cualquier pretexto: comprar champú, sacar dinero del banco, comprar una gorra, etc., y supongo que lo que quiero en realidad es meterme en la marabunta de vendedores ambulantes, tiendas con voceros que a golpe de micrófono y decibelios tratan de captar clientes, mendigos y gente, mucha gente. Todo el conjunto resulta excitante y de lo más entretenido. Las zonas de ocio más valoradas son los centros comerciales entre los que destaca “La 14”. Allí hay muchos restaurantes, tiendas de moda, bares, cines y espacio para pasear con tranquilidad.


Desde Palmira he hecho varias excursiones a lugares próximos muy bonitos como Buga, El Paraíso, Tenerife, y San Cipriano. También he visitado Cali en dos ocasiones. La primera vez fue acompañado de Eduardo, Noemí y un chaparrón impresionante. Sólo después de comprar tres paraguas pudimos dar un paseo de compromiso para ver las zonas más emblemáticas de la ciudad: la plaza Caycedo, la iglesia de la Ermita, el río Cali y un gran parque del que no recuerdo el nombre. Días después volví yo solo para buscar un hotel donde pasar unos días, al final de mi estancia en Colombia, antes de volver a España desde el aeropuerto de esta misma ciudad; por esa razón no le he prestado demasiada atención… lo haré cuando vuelva. Encontré un bonito y económico hotel en un edificio colonial del antiguo barrio de San Antonio. Desde allí atravesé la ciudad y me fui al barrio de Granada y Avenida 6ª donde, incluso de día, se intuye que por la noche hay mucha animación: discotecas, restaurantes, bares de copas, etc. Tiene muy buen aspecto. De momento, y en conjunto, no me ha parecido una ciudad muy impresionante. Cuando vuelva tendré que salir un día de noche, a ver si es verdad todo lo bueno que cuentan de Cali y su vida nocturna, aunque eso, a mí, no me va demasiado. Veamos pues cómo fueron mis otras experiencias desde Palmira.



Buga es una bonita ciudad desarrollada en torno a la hermosa Basílica de Milagroso. Según la leyenda, en tiempo de la dominación española, una lavandera llevaba tiempo trabajando duro para ahorrar y poder comprarse un crucifico. Un día, los soldados españoles arrestaron a un joven del pueblo para llevarlo a prisión. La joven intercedió para que liberaran al preso y, al no conseguirlo, ofreció sus ahorros por devolverle la libertad. Los soldados cedieron aceptando el dinero y liberando al muchacho. La joven siguió lavando en el río. Un día oyó un ruido bajo una piedra y, al mirar debajo de ella, encontró un pequeño crucifijo del tamaño de su dedo índice. Lo llevó a su casa y pronto se dio cuenta de que el crucifijo iba creciendo en tamaño día a día. Pronto trascendió el milagro en la región hasta que las autoridades eclesiásticas enviaron el crucifijo al Papa en Roma. Cuando el Papa dio por verdadero el milagro, en Buga se inició la construcción de la basílica. Así me lo contaron, espero que la historia por mi contada se haya ajustado a la realidad.


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El Paraíso es una bella hacienda situada en lo alto de las montañas que se elevan sobre el Valle del Cauca, un inmenso valle de más de 70 km de longitud por más de 20 de anchura.



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La vista sobre el valle es impresionante. Casi la totalidad de la superficie del valle está cubierto por una maravillosa alfombra verde claro formada por inmensas plantaciones de caña de azúcar. En la hacienda se desarrolló una historia de amor –real según los vallecaucanos- que la hizo muy popular. María, la hija de la hacienda, tenía un novio con poca fortuna, Efraín, que decidió marchar lejos a buscar fortuna y hacerse merecedor de su prometida. Tan sólo marchar Efraín, María cayó enferma de nostalgia. Los padres de ella enviaron emisarios a pedir a Efraín que volviera de inmediato. El inició el viaje enseguida pero éste se alargó debido a muchos inconvenientes ajenos a su voluntad, tanto que María murió sin volver a verlo. Desde entonces este lugar ha sido visitado por casi toda la gente de Valle y todos los forasteros que, como yo, caen por aquí. Se viene aquí a visitar el interior de la hacienda, y a ver la cabellera de María que el novio cortó como recuerdo al llegar, justo después de morir ella.


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Esta mansión es muy grande y bonita y está rodeada de unos jardines muy elegantes repletos de magníficos ejemplares de árboles y plantas procedentes de toda la geografía colombiana. Esto es todo lo que pudimos ver al llegar pues el horario de visita al interior de la hacienda ya había terminado. A pesar de ello, tan sólo la vista sobre el valle del Cauca bien valió la pena el desplazamiento.



Tenerife es un pequeño municipio en lo más alto de las montañas que rodean el Valle del Cauca a unas dos horas y media de Palmira en coche –los km sirven aquí muy poco- y a unos 2200 metros sobre el nivel del mar. Allí vive parte de la familia de Noemí, y allí me llevaron porque a parte de ser un lugar entrañable para ellos, el paisaje es espectacular.


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Fuimos cinco en el taxi de Dani, un pequeño Daewo que en algunos tramos de dura pendiente tuvo bastantes dificultades para seguir avanzando. Hicimos varias paradas por el camino para admirar el paisaje. En una de esas paradas visitamos una granja donde Dani, el chofer, tenía unos cultivos cuidados por una familia de colonos que nos enseñaron muy amables todos los distintos campos. Al marchar nos invitaron a volver para comer un sancocho (cocido típico) que nos iban a preparar.


Ya en el pueblo fui testigo de auténticas escenas bucólicas con la gente del pueblo, los caballos cargados de tinas de leche, las chivas (típicos autobuses tremendamente decorados con rayas y grabados de colores) cargadas a tope, el bar lleno de gente ruda y amable, etc. Este es un lugar donde unos cinco años atrás los guerrilleros de las FARC eran los dueños absolutos. Tenían atemorizados a los campesinos saqueando sus cosechas, ordenando cuando se tenían que encender y apagar las luces por la noche, y controlando los movimientos de todo el mundo. Muchos de los lugareños marcharon siendo sustituidos por gente desconocida que generaron desconfianza entre los que se quedaron, desconfianza que sigue viva hoy día. Con el mandato de presidente Uribe se puso en marcha una gran campaña contra la guerrilla que, como en otros lugares a lo largo y ancho de Colombia desplazo a las Farc de la zona. Actualmente todavía hay gente en Palmira que considera una temeridad ir a Tenerife. Ni yo ni mis acompañantes notamos ninguna inseguridad en el ambiente. Un amigo de Diego, el segundo hijo de Noemí, nos guió a Eduardo, Dani, Diego y a mí a dar un bonito paseo por la montaña. Pasamos por sitios muy bonitos que la fina lluvia que nos acompañó no consiguió deslucir. Desde un alto pudimos hacer fotos con el pueblo a nuestros pies.


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Al bajar paramos de nuevo a la granja. Nos prepararon la mesa y nos sentamos –nosotros cinco, ellos se quedaron al margen conversando con nosotros- para dar buena cuenta del sancocho que estaba realmente delicioso. Yo me quedé impresionado de la sencillez y hospitalidad de esta gente que te lo da todo siempre con una sonrisa en la boca.


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Más abajo paramos en otra granja propiedad de Ricardo, un sobrino del difunto marido de Noemí. Allí se repitieron las atenciones hacia nosotros y pudimos disfrutar del café colombiano mejor preparado que he tomado aquí. Fue una bonita e inolvidable jornada. Por último he de dejar constancia que nadie en Tenerife pudo darme ninguna referencia sobre el origen del nombre del pueblito y su relación con nuestra querida (para los españoles) isla canaria de Tenerife.



San Cipriano es un lugar en plena selva cerca de la costa del Pacífico y de Buenaventura, la ciudad portuaria más importante de Colombia después de Cartagena. El río San Cipriano es el que da nombre al lugar. Sus aguas son purísimas y su curso se caracteriza por haber formado seis o siete piscinas naturales magníficas, todas ellas con más de cinco metros de profundidad. Hay alguna que tiene puntos que llegan a cincuenta metros de profundidad. Toda la zona de interés naturista y turístico es un parque natural perfectamente delimitado y con gran variedad de plantas y aves. Antes de la entrada a la zona protegida se encuentra una aldea habitada exclusivamente por personas de raza negra que viven de dar servicio a los turistas que llegan al parque para contemplar la naturaleza y, también, por otros alicientes de los que hablaré más tarde.


Fui solo a San Cipriano. En Palmira me recomendaron mucho este lugar y, después de buscar información en internet, me decidí a visitarlo. Salí de Palmira a las 5:30 de la mañana hacia Cali. Allí tomé un pequeño autobus a las 6:30 en dirección a San Cipriano – Buenaventura. Cuando estaba a unos 30 km de mi destino se formó un monumental atasco. Después de una hora de inmovilidad nos dijeron que la carretera estaba cortada por un piquete de mineros buscadores de oro en protesta por una decisión del gobierno que podía costarles el puesto de trabajo. Nadie sabía lo que podía durar aquella situación. Para comprender las repercusiones del corte de esta carretera basta saber que más del 80 % de todas las mercancías que entran o salen a Colombia lo hacen por el puerto de Buenaventura a través de esta carretera. Uno de los pasajeros decidió seguir caminando, y yo, con la poca paciencia que tengo, no tardé en seguirle. La fila de vehículos, sobre todo grandes camiones, era impresionante. Después de varios kilómetros llegué a la primera barricada que estaba en un pequeño grupo de cabañas y establecimientos para los camioneros que se llama Cisneros.


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Allí contacté con el conductor de un jeep-taxi que estaba dispuesto a llevarme hasta la próxima barrera… pero no iba a salir hasta llenar el jeep. Pronto nos juntamos tres pasajeros pero no venía nadie más. Yo propuse a los otros pagar doble para dar por completado el pasaje. Uno de ellos era un naturista curandero que no tenía un duro pero le ofreció un purgante maravilloso al chofer, y lo convenció. El otro estaba dispuesto a pagar doble. Cuando el jeep ya arrancaba llegaron dos pasajeros más que también colaboraron económicamente. Seguimos durante no sé cuantos km hasta que llegamos a otra barrera. Ya antes de llegar allí el conductor de otro taxi nos avisó de que no siguiéramos más allá de esa barrera porque los mineros atacaban con piedras a los coches que lo intentaba. Dejamos al taxi y continuamos caminando cuatro compañeros y yo. Yo iba cómodo con una mochila ligera pero ellos iban algo cargados hasta el punto que tuve que ayudar a uno de ellos. Después de varios km más llegamos a mi destino donde había otra barrera.


El lugar estaba formado por grupo de barracas alineadas en uno de los lados de la carretera. Caminé hasta donde un grupo de hombres estaba jugando plácidamente a billar, indiferentes a lo que ocurría en la carretera. Allí me paré sin decir nada hasta que uno preguntó si iba a San Cipriano y se ofreció a llevarme en su “bruja”. Para llegar desde allí a San Cipriano se ha de atravesar el río cruzando por un puente colgante de lo más excitante. A cada paso se mueve mucho, de modo que uno tiene que acompasar los pasos con el vaivén del puente. Además tiene el inconveniente de que no hay barandilla, y en la parte central del río, en lo más alto, los cables principales que podrían ser útiles para asirse están a menos de treinta centímetros del suelo.


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Al llegar al otro lado te encuentras las vías de un ferrocarril antiguo de vía estrecha. Allí mismo puedes ver las brujas, unas vagonetas a las que está acoplada una moto que tiene la rueda motriz apoyada en un carril. A la vagoneta pueden subir hasta seis personas. Las motos de 150 cm3 suelen alcanzar unos 40 km/h. Subí a la vagoneta pagando 20000 COP, una barbaridad porque yo era el único pasajero. Comenzó el viaje y pronto avanzamos por la selva cortada por la vía. Paramos varias veces para que subieran y bajaran lugareños que hacían pequeños recorridos de una cabaña a otra al borde de la vía. En un par de ocasiones nos encontramos vagonetas en dirección contraria. Tuvimos que parar, sacar la vagoneta de la vía y dejar pasar a la otra que llevaba más pasajeros. Pasamos varios túneles y al final llegamos al pueblecito.


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Todo en el pueblo era sucio y destartalado. Fui avanzando por la única calle hasta que llegué a un hotelito que parecía un poco decente.


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Pedí una habitación, y me encontré con un cajón de madera donde justamente cabía la cama. Me quedé con ella porque, afortunadamente, todavía no tengo claustrofobia y además tenía unas ansias incontenibles de darme un baño en el río. Y así lo hice en la primera piscina –allí les llaman charcos- que está en el mismo pueblo.


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Luego comí en el “restaurante” de una anciana un plato de pescado con patacones, plátano frito. Los precios –teniendo en cuenta lo paupérrimo del lugar, la elegancia de la señora y la presentación de la comida- eran abusivos a nivel colombiano, pero no había mucho donde elegir. Después de comer fui directamente a visitar uno tras otro todos los charcos excepto dos que dejé para el día siguiente.


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Hablando con la dueña del hotel me informé del problema de los mineros. Son buscadores de oro que trabajan cribando manualmente las arenas del río y luego, poniendo pequeñas cantidades en unas palanganas o bateas, al igual que en el viejo oeste americano, tratan de detectar las pepitas de oro. Para facilitar su trabajo se emplean excavadoras que remueven grandes cantidades de piedra del lecho del río cada vez que los mineros terminan de revisar una zona. Cuando las máquinas han retirado toda la arena inspeccionada formando una pila a parte, los mineros vuelven para examinar el material nuevo que ha aflorado. Todo esto ha destrozado el lecho del río que ahora tiene un aspecto desolador.


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Las autoridades competentes han ordenado la retirada de las máquinas lo que supone dejar su trabajo a los brazos de los mineros, y que la captación de oro en esas co65ndiciones sea totalmente insuficiente para que ellos y sus familias puedan subsistir. Por esta razón se han lanzado a la lucha en la carretera provocando graves enfrentamientos con la policía llegando, ese mismo día, a herir gravemente a un policía con una pedrada.


Al oscurecer en torno a las seis de la tarde me enfrenté a al montón de horas de aburrimiento. La poca gente que vive aquí es tremendamente ruda y poco comunicativa. No tienen ninguna deferencia con el turista porque, supongo, deben pensar que no vale la pena molestarse. Una vez llega el turista aquí depende totalmente de ellos. Sólo hay dos o tres lugares donde puedes compra algo… si lo hay. Si algo te parece demasiado caro te quedas sin ello. En el hotel se veía mal la televisión. No tenían ningún libro, revista o periódico viejo, nada. Fui a otra especie de bar donde donde sí se veía bien la televisión y al cerveza costaba un 20% menos que el hotel situado a quince metros. El dueño, al comentarle que había visto varios tucanes en el bosque ya oscureciendo, me dijo que a los árboles situados frente al hotel, justo después de amanecer, siempre acuden tucanes. ¡Fantástico!


Después de mi primera cerveza aparecieron dos rubias preciosas como caídas del cielo. Saludaron y se sentaron entre la tele y yo sin volver a echar una mirada hacia mí. Cuando salió en las noticias el atasco del que he hablado y los graves incidentes producidos comencé a hablarles cuando una de ellas se volvió hacia mí tras elevar el volumen del televisor. Después de un breve y “espontáneo” comentario mío sobre el corte de carretera, nos presentamos. Supongo que las dos tenían poco más de treinta años. Juosy resultó ser suiza y Claudia argentina. Ambas están viajando por separado, y solas, desde hace semanas. Se encontraron en el hotel de Cali y decidieron venir aquí juntas. Las dos trabajaban en agencias de viajes y, cada una por su lado, decidieron tomarse un año sabático auspiciadas por sus respectivos ahorros y familias. Me fui a cenar con ellas a su hotel –que estaba algo mejor que el mío- y estuvimos hablando de nuestras respectivas experiencias viajeras hasta las diez de la noche, cuando se retiró a descansar la gente del hotel. El camino de unos 800 m. desde el hotel de las chicas que está situado dentro de la reserva hasta mi hotel, en el interior del pueblo, tuve que hacerlo a oscuras y sin más guía que las tímidas luces de las primeras casas del pueblo. No me gustó nada la experiencia, nada… de nada. Una vez acostado tardé mucho en dormirme a pesar de que la cama no era mala del todo. ¡Demasiadas emociones para un solo día!


Me desperté con las primera luz del amanecer y, asombrado, me di cuenta de que no tenía ninguna picada de mosquito. Al asomarme a la ventana escruté a fondo los árboles de enfrente pero no vi ningún pájaro. Cargué lo imprescindible en la mochila para una larga excursión y bajé a almorzar. Mientras una de las hijas de la dueña me preparaba un revoltillo de huevo y tomate acompañado de patacones y arroz, yo permanecí atento a los árboles. Pronto apareció el primer tucán. Precioso. Sin lugar a dudas es mi pájaro favorito. Al observarlo con los prismáticos me dio la sensación de que me estaba mirando directamente a los ojos. Lo más rápido que pude traté de enfocar mi cámara de bolsillo y disparé. La foto no resultó impresionante pero sí será un recuerdo inolvidable. El tucán se metió entre las ramas y lo perdí de vista hasta que salió volando. Luego vino otro, y otro, hasta un total de seis de tres tipos, que fueron pasando y marchando sin yo conseguir más fotos aprovechables. Me sentí feliz. Conseguí ver estos pájaros preciosos en Perú y Costa Rica pero nunca conseguí fotografiarlos en libertad.


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Muy satisfecho de la experiencia con los tucanes comencé a caminar con la idea de no parar hasta alcanzar el primero de los charcos que no pude ver ayer. Estaba nublado –algo malo para fotos con zoom- y caminar resultaba agradable. Apenas vi flores y no se me cruzó un sólo pájaro en todo el camino. Todo estaba tranquilo y en silencio, sólo se oían mis pasos y el grito de un pájaro de cuando en cuando.


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Fui visitando todos los charcos y me bañé en dos de ellos. Desde el camino que en varios tramos discurre a más de 20 m. por encima del curso del río, a través de los huecos en la vegetación aparecían, enmarcadas por el denso bosque, bonitas vistas de los charcos de aguas cristalinas. De todos los charcos que vi, el que más me gustó fue uno muy pequeño formado por una diminuta cascada en un riachuelo afluente del San Cipriano. Para llegar hasta él tuve que recorrer un largo y silencioso camino que como un túnel se abría paso en esa densa selva. Era un lugar paradisíaco rodeado por una vegetación impenetrable. El charco formaba un círculo de unos diez metros de diámetro y una profundidad inferior a los dos metros. Estaba formado por una pared de dos metros de altura, desde donde se precipitaba la pequeña cascada, y una playa de piedras que completaba el círculo. Un sitio precioso, con razón se llama “Charco del amor”.


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No pude resistir la tentación de darme un segundo baño en este delicioso lugar y, además, dejar constancia de ello haciéndome una foto con el disparador automático.


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Siguiendo el camino principal llegué a un letrero que indica el final de la reserva y prohíbe seguir sin autorización. Opté por dar la vuelta enseguida y volver al pueblo para enterarme si la carretera general había sido despejada. A mitad de camino vi que en dirección contraria venía un grupo de tres parejas de jóvenes que venían cargando con grandes cámaras de neumático de tractor hinchadas. Estas cámaras se llevan directamente hasta el último charco. A partir de ahí se usan como flotadores para ir pasando de un charco a otro siguiendo el curso del río. Supongo que debe ser una divertida experiencia cuando se va en grupo y sin nada encima que se pueda estropear al mojarse accidentalmente. Cuando me reuní con los jóvenes me informaron que ellos acababan de llegar sin problemas pues ya se encontraron la carretera abierta.


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Llegué al hotel y mientras me preparaban la cuenta, un guardabosques que resultó ser el padre del joven que me trajo en la bruja, me preguntó si era yo el pasajero de su hijo y si necesitaba volver a la carretera. Le dije que sí era yo, que sí quería marchar lo antes posible, y aproveché la oportunidad para quejarme de lo mucho que me cobró su hijo, casi el triple de lo normal, y que no estaba dispuesto a pagar el viaje de vuelta. El hombre no replicó y me dijo que en diez minutos nos pondríamos en marcha. Ya en la bruja fuimos hablando cordialmente de la jubilación en Colombia y España pues él estaba a punto de jubilarse.


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Ya en la carretera comenzó a llover. Las busetas –esos pequeños autobuses- pasaban de largo sin parar a pesar de no ir llenas. Pasaron dos o tres… y nada. Entonces se me acercó un joven moto-taxista con su pequeña moto de 100 c.c. Me dijo que la carretera estaba abierta pero el conflicto con los mineros seguía latente, razón por la cual, y al estar nosotros en el mismo mogollón del problema, las compañías de los autobuses habían dado orden a sus choferes de no parar aquí para que los mineros no les dañaran los vehículos a pedradas. Entonces el chaval se ofreció a llevarme hasta Cali – a pesar de la lluvia y los 90 km de viaje- por 30.000 pesos. Yo le propuse que me llevara hasta donde pudiera tomar otra buseta. El me contestó que podía hacerlo pero me advirtió que en dirección a Cali, a causa de las obras en la carretera, me iba a encontrar tal cantidad de atascos que el viaje iba a durar más de seis horas, cuando él me llevaba en hora y media. Me paré a pensar a toda pastilla: lloviendo, moto pequeña, atascos, seis horas de viaje. Si me mojaba me resfriaba seguro a causa de mi sinusitis crónica. Le comenté esto último al chaval. Me ofreció los pantalones de hule que llevaba y también su casco protegido con visera, al tiempo que me aseguraba que en pocos km dejaría de llover. Finalmente accedí y salimos pitando.


Fue una experiencia trepidante. No sé como aquella moto podía correr tanto teniendo tan sólo el 40 % de potencia que la mía. El barro levantado por los camiones me cubría la visera y ¡él no llevaba nada para proteger sus ojos! A pesar de ello avanzábamos a toda la potencia de la moto. Yo iba con mi pecho pegado a su espalda y agarrado a sus hombros. Íbamos muy bien compenetrados tomando las curvas a la perfección pero, a pesar de ello, nos dábamos un susto de cuando en cuando al tener que esquivar un bache a base de una brusca maniobra. Afortunadamente era un buen motorista. Cesó la lluvia y llegaron los atascos, larguísimos e inmóviles. Superamos atascos de varios km sin que los camiones llegaran a moverse. Daba la impresión de que el tráfico de un sentido paraba durante media hora, por ejemplo, para dejar pasar al del otro sentido por un lugar angosto, para luego actuar a la inversa. No lo sé, solo sé que nosotros no paramos ni un solo minuto salvo en una ocasión en que el conductor tuvo que hacerlo para quitarse el barro de los ojos. Entre atasco y atasco la carretera aparecía vacía y entonces íbamos a tope. En algunos tramos nos encontramos con dos carriles de camiones parados en nuestro sentido y un tráfico intenso en el contrario que nos impedía adelantar. Entonces íbamos entre las dos filas de camiones por un pasillo muy estrecho. Yo no podía evitar moverme para esquivar los camiones, como si yo fuera el conductor, entonces el amigo me dijo algo sorprendente: “Cuando vayamos entre camiones haga usted el favor de cerrar los ojos para no dominarme la moto” Aluciné, pero le hice caso, él tenía razón, o confiaba en él o nos la pegábamos. Por fin llegamos a un cruce donde todos los camiones cambian de ruta hacia Buga mientras que nosotros teníamos que desviarnos hacia Cali. Di orden de parar al amigo para relajarnos, descansar y tomar un refresco. Estuvimos un buen rato charlando y nos pusimos nuevamente en marcha. Nos quedaban unos 40 km de viaje de los 90 que hicimos en total. A partir de entonces todo el camino era bajada y con la carretera seca, con buen firme y vacía. La moto volaba ayudada por el peso de los dos. Fue una carrera inolvidable. Las curvas se acercaban a gran velocidad y nosotros, en aquella pequeña moto, nos tumbábamos en cada curva como en un gran premio. El chaval vive en Guada, una de las localidades que cruzamos en ese tramo, y por tanto conocía la carretera a la perfección. Todo el mundo le conocía. En los atascos gritaba a los vendedores ambulantes adonde tenían que ir para ofrecer sus productos por las ventanillas de los coches. En la gasolinera, en el bar… todos le decían algo. Finalmente llegamos a Cali siguiendo hacia el centro hasta un lugar donde yo podía tomar una buseta hasta la terminal de autobuses para llegar a Palmira, y el podía encontrar otro cliente para el viaje de regreso. Lo que siguió después no fue relevante salvo que llegué a casa de Eduardo sano y salvo… pero cansadísimo por tanto estrés viajero.