Villa de Leyva es una población de 8.000 habitantes, situada al norte de Bogotá y a 2140 m. de altura. Según dice la guía: “La fotogénica Villa de Leyva es una de las localidades coloniales más bonitas de Colombia, parece haber quedado anclada en el pasado. Fue declarada monumento nacional en 1954 y ha conservado todas sus calles adoquinadas y sus edificios encalados. La belleza de la población y su clima suave y seco son un reclamo turístico desde hace tiempo. Fue fundada en 1572 por Hernán Suárez de Villalobos, que le dio el nombre de su superior, Andrés Díaz Venero de Leyva, primer presidente de la Real Audiencia de Nueva Granada. En un principio era un lugar de retiro para oficiales del ejército, religiosos y nobles.”
Esta descripción fue suficiente para decidirme a visitar esta elogiada ciudad… y me alegro por haber tomado esta decisión. Después de cinco horas de viaje en autobús desde Bogotá, llego a esta ciudad cargado con todo el equipaje y con una reserva de hotel demasiado cara para mi presupuesto. Tomo un taxi y pregunto al conductor si puede recomendarme algo más económico para hospedarme… y me lleva a la Hospedería de Paulino. Por 40.000 pesos (16 €) me muestran una habitación muy digna con tv y baño. Me la quedo sin dudar.
El hotel tiene un patio interior muy bonito y está en un sitio tranquilo, a unos 500 m. de la Plaza Mayor, según me dice allí. Dejo los trastos y salgo a conocer el pueblo. El taxi me ha traído de la terminal de buses al hotel sin pasar por el centro, y estoy ansioso de conocerlo. Las calles son endiabladamente rústicas empedradas con unas piedras muy grandes y de forma poco regular. Hay que prestar atención a dónde pones el pie mientras caminas, pues absorto en contemplar las antiguas pero bonitas casas, resulta fácil distraerse y tropezar.
Las calles están perfectamente limpias. Las casas están todas encaladas, y puertas, ventanas y rejas (de madera) pintadas en verde oscuro. Sencillamente: todo precioso. No vale la pena esforzarse describiendo cómo es el pueblo, el esfuerzo hay que hacerlo en seleccionar unas cuantas fotos de entre los cientso que he llegado a hacer en tres días de estancia en Villa de Leyva.
Confío en que las imágenes puedan transmitir, aunque sólo sea en parte, la belleza, la serenidad, la armonía, la uniformidad y, en definitiva el buen gusto de la gente de este pueblo que con esfuerzo y colaboración entre todos hay conseguido pulir esta gema hasta transformarla en una verdadera joya. La Plaza Mayor, que por una vez no se llama Parque Bolivar, es una verdadera delicia. Da la sensación de que estás en una vieja plaza de un pueblo perdido en la Extremadura de España… lo digo así por si hay alguna Extremadura por aquí, no me extrañaría nada, cada día veo pueblos con los mismos nombres de otros en España.
Pero lo bueno no se reduce a la estética del pueblo. Estar aquí es una delicia por la absoluta seguridad que se respira en el ambiente; es la primera vez que he transitado por Colombia a cualquier hora y por cualquier calle desierta sin ni siquiera pensar en mi propia integridad física, una verdadera delicia.
Llegué a Villa de Leyva el martes 23. Pasé toda la tarde del martes y toda la mañana del miércoles recorriendo el pueblo y haciendo fotos sin parar. Todo es bonito aquí: las calles en su perspectiva, los balcones, las rejas de madera trabajada, las iglesias, etc, etc. El miércoles por la tarde el tiempo empeoró y se pasó lloviendo toda la tarde, circunstancia que aproveché para trabajar en este blog. Desde la primera noche estoy comiendo en un restaurante que me recomendaron al llegar: La Casa Blanca. Allí he comido y cenado muy bien todos los días por 8.000 pesos (3.2 €) con un jugo como bebida.
Es jueves por la mañana. Me levanto temprano y voy a la Plaza Mayor que ya está muy animada. Hoy hay mucho movimiento porque se está preparando algún evento. Pregunto a una señora y, según ella, esperan una visita de un comité que ha de decidir cual de los pueblos de la región está más cuidado y bonito. Poco a poco va viniendo más gente a la plaza, muchas personas vestidas con trajes típicos, y otras muchas con su indumentaria de cada día que también resulta sobradamente típica. Como veo que la gente llega con lentitud, voy a dar una vuelta por las calles menos concurridas del pueblo. Hace un día maravilloso, cálido y brillante; tengo que aprovecharlo para hacer muchas fotos.
Es de admirar la uniformidad del pueblo en cuanto a la estética y al cuidado de las calles que no se limita a lo más céntrico de la ciudad sino que es patente en todo el casco urbano.
De vuelta a la plaza comienzo por fotografiar con sigilo las caras de los adultos mayores que son realmente entrañables. Me pasaría horas fotografiándolos.
En los soportales del ayuntamiento se han ido instalando un puñado de vendedores ambulantes. Entre ellos hay una pareja de ancianos que venden bufandas y bolsos hechos por ellos mismos. La señora está haciendo una demostración de cómo hila su propia lana partiendo de las hebras que ella misma ha preparado. Tanto me gusta como trabaja que al final le compro dos bufandas.
Y después de dedicarme a la gente mayor, paso a fotografiar caras interesantes entre los más jóvenes.
Después de la gran sesión fotográfica me retiro para ir a comer. Os ruego que me disculpéis por haber incluído tanta fotografía, pero es que hoy estaba inspirado y motivos… no me faltaban. Por la tarde pienso estar recogido en el hotel escribiendo y preparando el viaje de mañana a Bucaramanga, un largo viaje.