NOTA PREVIA: Por problemas de conexión con Internet no pude subir esta entrada en su día. Ahora que estoy en condiciones de hacerlo, no sé como insertarlo sin que aparezca la fecha de hoy. Os ruego paciencia, confío en ir aprendiendo poco a poco.
05-05-2010
PRIMER DIA EN SAN ANDRES
Hoy podría ser un día espléndido porque después de más de un mes de estancia en Pereira, muy atendido y protegido por la familia de Nubia y por Fran y sus amigos, hoy voy a seguir mi periplo en solitario por Colombia.
Si lo inminente de separarme Nubia y su familia ya nos tenía algo nerviosos y sensibles, además todos estabamos destrozados de pena por la extrema gravedad en que se encuentra Luisa, la niña de diez años hija de Sandra, una prima hermana de Nubia. Ayer, después de una segunda operación de cáncr en sólo dos días, su resistencia se ha agotado y ya los médicos no dan a la familia ninguna esperanza.
Conocí a Luisa cuando llegamos. Desde ese momento me cautivó. Es una niña con una empatía tremenda que, a pesar de su dulce timidez y su cuerpo frágil y estilizado, absorbe la atención de cualquiera que se le acerque, despertando el cariño de todos de forma incontrolable. Desde que nació siempre ha estado muy delicada. Meses atrás, Nubia ya me pidió ayuda para una colecta de dinero que estaba haciendo para enviar dinero a Colombia para la anterior operación de Luisa. Cuando yo llegué a Pereira, toda la familia ya estaba consternada porque en tres semanas tenían que operarla de nuevo. Durante ese tiempo llegué a tomarle mucho cariño a la niña. Con ella y la familia de Nubia he ido a excursiones, al circo y a parques de juegos con la intención de que sus padres se quedaran algún rato solos para recuperarse o llorar.
Cuando esta mañana Nubia y yo íbamos camino del aeropuerto, nos han confirmado por teléfono que la niña está cada vez peor. La despedida ha sido muy triste, tanto por nuestra separación como el hecho de marchar yo en unas circunstancias tan dolorosas para la familia que tan generosa y hospitalaria ha sido conmigo. Al entrar en el control de seguridad me he sentido como si estuviera huyendo; ha sido muy desagradable.
Tanto el vuelo Pereira/Bogotá, con algo de retraso, como el de Bogotá a San Andrés han sido cómodos y agradables. En el primero he pasado un rato muy agradable charlando con un joven colombiano sobre los lugares interesantes que visitar aquí; en el segundo he viajado solo en una fila de tres asientos. El segundo vuelo ha sido en un avión de los grandes. Como para recordarlo ha sido el aterrizaje. Después de que el comandante nos lo anunciara, el avión comenzó a bajar, bajar y bajar. Cuando ya estábamos en un vuelo rasante sobre las olas, apareció de repente bajo nosotros la arena de la playa e, inmediatamente, la pista. Un aterrizaje muy suave, casi imperceptible. Al girar el avión sobe la pista para ir a la terminal, pude ver otra playa justo después del final de la pista. Esta claro que si un piloto se pasa un poco al aterrizar, obsequia a todo el pasaje con su primer baño en San Andrés.
Lo más pesado del viaje ha sido los controles de seguridad dirigidos a las personas y a las bolsas de mano. Al llegar a San Andrés me han revisado a fondo la bolsa grande que había facturado. Me estaba esperando personal de la agencia de viajes. Enseguida me han llevado al hotel Bahía Sardina, en el extremo norte de la isla, justo en frente de Jhonny Cay, uno de los islotes más populares de San Andrés.
Sin esperar a que me entregaran la habitación he pasado directo al restaurante que estaba a punto de cerrar… y el hambre que tenía no era para perder comba. La comida ha estado bien: una “sopa” que más bien era un plato de cocido con bastante grava, y una fuente con algo de pescado, carne, arroz blanco, ensalada y plátano frito. Para beber un jugo de guanábana.
Estaba empapado de sudor por el ajetreo del viaje y los treinta grados de temperatura que hace aquí. Tan sólo entrar en la habitación he buscado el traje de baño y he bajado a la playa que la tengo a escasos cuarenta metros del hotel. ¡Qué maravilla! ¡Qué agua! Verde por fuera, transparente por dentro y a unos veintisiete grados… como mínimo. ¡Qué delicia! Te pones de pie y la brisa te refresca y, cuando comienzas a tener frío te agachas y… ¡qué gozada de caricia con el agua templadita! Me he acordado de "los termales" de San Vicente y Santa Marta, cerca de Pereira, y de las termas que visitamos Juani y yo en Perú, a tres o cuatro mil metros de altura.
Al salir del agua me apeteció algo refrescante que beber. En el bar de la piscina me sirvieron el primer jugo de piña matizado con un jarabe dulce. Muy bueno. Subo a la habitación, me ducho, me pongo pantalones cortos y una camiseta blanca… y a dar mi primer paseo por la ciudad de San Andrés. ¡Qué voy a decir! ¿Que no me estreses?, ¿que me relaje?… no es necesario, el mismo ambiente ya te lo dice. Todo el mundo tranquilo.
Hay un sol brillante que enciende el mambo de colores con que se decora todo, especialmente las casas antiguas de madera. Toda la arquitectura tiene un aire anglosajón mezclado con detalles caribeños. Todo resulta brillante y alegre a la vista. Al cambiar de dirección, saliendo de la calle principal, llego al paseo marítimo. Me llama la atención los manglares que crecen a lo largo del paseo ocultando en parte la playa. Es curioso ver estos árboles creciendo sobre la misma orilla del mar dando sombra sobre la playa. El paseo es ancho con bastantes edificios bonitos a un lado y una acera amplia con algún edificio entre ella y la playa. Cuando consigo volver al hotel ya he hecho un buen número de fotos.
Entro en el hotel por la piscina y me tomo una deliciosa cerveza… y luego otra. ¡Barra libre! Me gusta. Subo a mi habitación, en cuarto piso y sin ascensor, me pongo otra vez el traje de baño, ¡y al agua! Ya comienza a caer la tarde y el agua está todavía mejor. Allí se me hace de noche, completamente. Es estupendo ver todo el paseo iluminado desde el agua.
Completamente arrugadas las manos de tanta agua vuelvo a subir para ducharme. Después de ducharme por segunda vez ¡que pecado! me entretengo un rato vaciando las maletas y colocando todo, de cualquier forma, en el armario. Cuando termino ya tengo hambre. ¡A cenar! ¡Qué vida tan dura la del jubilado! La cena resulta bastante parecida a la comida (o almuerzo, como aquí se dice). El camarero, sin saber que soy de Barcelona, me recomienda una “sopa catalana” que está muy buena. No me apetece mucho la sopa caliente pero la curiosidad me puede y la pruebo. Pues sí, por su sabor suave me ha recordado la sopa de payés: algo clara, patatas, garbanzos, carne de pollo. Yo le hubiera echado además un poco de zanahoria y algo de judía tierna o unos granitos de arroz.
Para bajar la cena voy a dar otro paseo pero esta vez por calles secundarias. Igual que en Pereira la gente está casi toda en la calle. Música colombiana por todas partes – la música moderna apenas se oye- gente charlando en los chiringuitos de jugos, chuzos (pinchos de carne) o perros (perros calientes), algunos locutorios todavía abiertos, bares, alguna tienda abierta. Mucha tranquilidad y mucho ambiente, sobre todo musical.
De vuelta sigo hasta un local casi anexo al hotel. Es un bar musical bastante grande, con muchas mesas en la terraza, pero donde la gente se sienta al otro lado de la acera, en un murete o pollo que separa al paseo de la playa. Todos los clientes están sentados en torno a unas mesas bajo las palmeras. Dos cantantes del negocio –que también es karaoke- con un micrófono inalámbrico en mano, se turnan cantando y bailando sobre la ancha acera mientras la música llega desde el interior del local. ¡Pobre camarero soportando la música allí dentro, a todo volumen! Las dos mujeres cantan muy bien pero la más joven, además, baila con una gracia y sensualidad fuera de lo corriente. Después de pasar un rato estupendo disfrutando de la brisa del mar y el contoneo de las cantantes, me voy a dormir pues estoy rendido.
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