miércoles, 31 de marzo de 2010

31-03-2010 POR FIN SALTANDO EL CHARCO

Nota preliminar: En el título de la entrada anterior hay un error que no he sabido corregir. Debería decir: 30-03-10 ULTIMOS PREPARATIVOS.



A las cinco de la mañana y pocos minutos más ya estábamos Nubia y yo tratando de facturar su equipaje. Ella llevaba un bulto extra que su nuera le había dado para llevar a última hora contando con que no habría problema pagando el sobrepeso; no le admitieron llevar más de dos bultos ni siquiera pagando. Tuvo que venir un familiar desde Vecindario, que creo debe estar a unos 15 km, a recoger el paquete. Vino muy rápido y pudimos facturar a tiempo y sin problemas. Pasamos el control de seguridad pero enseguida nos separamos porque teníamos que embarcar por puertas diferentes a distintos vuelos, el mío 15 minutos antes que el suyo.

A mí el avión me dejó en la terminal T4, de donde también tenía que salir el vuelo a Bogotá, el mismo que tenía que tomar ella, pero su avión de Las Palmas la dejó en la T2. A la media hora de desembarcar ella ya nos reunimos en la T4. Fuimos enseguida al despacho de Avianca y conseguimos que nos pusieran juntos en el vuelo a Bogotá. A partir de ese momento no hubo otra cosa que hacer que esperar el transcurso de las seis horas de escala prevista. Ya en la puerta de embarque pude comprobar que casi la totalidad de los compañeros de vuelo eran colombianos. Por las conversaciones que tuvimos con algunos de ellos en tierra y también durante el vuelo, la mayoría de ellos volvían a su país para quedarse definitivamente, a causa de la crisis económica y de empleo en España.

Una vez volando llegó, por primera vez en muchos días, el momento de relajarnos. El vuelo duró diez horas y media. Vimos varias películas, dormimos todo lo que pudimos, comimos varias veces, nos dimos varios paseos por los pasillos... y por fin llegamos a Bogotá. La única preocupación en ese momento era no saber si el equipaje estaba realmente acompañándonos.

Llegamos a Bogotá a las 20:00 hora local, las 3 de la mañana hora de Las Palmas. Ya llevábamos 23 horas despiertos habiendo descansado, no dormido, tres horas. Ahora teníamos que esperar 2 horas para tomar el avión hasta Pereira, nuestro destino final. La hora de llegada prevista era las 23:05.

El aeropuerto de Bogotá me pareció sombrío y triste. Ya en la aproximación del avión desde la pista a la terminal. Una vez en el interior de la terminal se mantuvo esa sensación. Todo se veía muy austero y oscuro. Los pasillos y zonas de compras no tienen nada de estimulante ni de elegante. Creo que este aeropuerto no está a la altura de la categoría real de la capital de la nación, que, por otra parte, me pareció moderna y pujante en las fotografías que he visto de ellas.

El control de seguridad era propiamente la puerta de embarque de acceso al avión. Una vez pasado el control me fijé en que la funcionaria a cargo del túnel de rayos X de control de equipajes no paraba de hablar con otra compañera sin echar una mirada al monitor mientras, al otro lado, un funcionario se esforzaba en hacer entrar las bolsas por la boca demasiado angosta del túnel.

Me resultó inevitable imaginarme Colombia haciendo una extrapolación partiendo de lo que estaba viendo desde que aterrizó el avión. La palabra "tercermundista" quería instalarse en mi cabeza pero conseguí desplazarla. Decidí entonces no volver a hacer juicios precoces. Estaba allí para conocer Colombia, sus gentes y sus costumbres, no para criticar cuando mi país, mis compatriotas y yo el primero, tenemos tanto margen para mejorar.

El vuelo a Pereira nos pareció muy corto y cómodo. Al llegar a la sala de recogida de equipajes, pequeñísima, la actividad ya era frenética. No había forma de llegar a primera fila para identificar las maletas, y la gente no dejaba hueco para mirar... y saltando por encima de las cintas los maleteros ya contratados que se la jugaban para retirar las maletas que los clientes les iban señalando.

No había ni un solo carro libre, todos estaban en manos de los maleteros que esperaban pacientemente su cliente. Tuve que contratar a uno y, desde luego, valió la pena. Un muchacho rescató en un santiamén nuestras maletas y en un par de minutos estábamos dispuestos a salir.

Enseguida tuvimos una experiencia curiosa. Dos guardias, justo antes de la puerta de salida a la calle, nos pidieron las etiquetas de las maletas que son adheridas al billete en el momento de facturar el equipaje. Etiquetas en mano fueron contrastándolas con las correspondientes adheridas a cada uno de los bultos. Hecho este control sin novedad, nos permitieron salir. Era la primera vez que me ocurría esto en un aeropuerto.

Antes de salir definitivamente al vestíbulo principal entramos en una sala donde, en la parte superior, hay unas cristaleras donde la gente que espera a los recién llegados se asoma para verlos por primera vez. Allí estaba toda la familia de Nubia haciéndonos señas saludándonos. Por lo menos eran quince personas. Comenzamos a salir pero el vestíbulo y las puertas eran tan pequeños, y había tanta gente para tan poco espacio, que aquello resultó agobiante.

Ya en la calle comenzaron los abrazos, las presentaciones y las lágrimas, todo ello aliñado con los pitidos de los coches que protestaban porque estábamos ocupando buena parte de la calzada. Pronto subimos a los coches llegando enseguida a casa de los padres de Nubia que esta a cinco minutos del aeropuerto. Muchos vecinos y familiares nos esperaban a la entrada de la casa. La sala grande que da acceso al interior estaba despejada, sillas contra las paredes y el techo lleno de globos de colores. Las paredes estaban ocupadas por letreros de bienvenida que yo pensé eran dedicados exclusivamente a Nubia que llevaba tres años sin volver a casa.

Enseguida sacaron bebidas para todos los presentes mientras yo iba apretando manos y dando besos sin parar. Yo fui presentado, simplemente, como un amigo de España. Cuando se acabaron las presentaciones hubo un momento de calma que pronto se alteró al entrar un grupo de mariachis cantando al compás de sus guitarras. Sólo entrar los músicos fueron conducidos hasta mí, pues para mí los había pedido Nubia desde España. Fue muy emocionante para mí; ahora, al recordarlo se me han llenado los ojos de lágrimas. Terminada la primera canción ya me había recuperado de la emoción. A partir de entonces yo también canté con los mariachis hasta que se fueron. Todos quedaron encantados con mi actuación porque aquello resultó ser una sorpresa tanto para ellos como para mí.

La fiesta duró poco porque todos eran conscientes de que Nubia y yo estábamos desechos. En cuanto marchó el último nos fuimos a descansar.

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